Pedro Juan hizo otro gesto que significaba: «podrá que sí, ú podrá que no.»

—Hombre, si te encoges tanto, visto está que no; pero como yo creo que no hay razón pa encogerse cuando se hace la cosa en buena concencia y en ley de Dios, como ésta... Más caro vende Perrenques pura metralla, y no falta quien se lo tome; y los demás rederos, allá se le van en humos cuando el caso les llega... y toos lo nesecitan menos que tú y que yo... ¡y con ser quien soy!: el único matriculao que anda en la ría, y más afuera tamién, y con derecho bien notorio de que no anduvieran otros por onde yo ando. Sólo que es uno de esa condición y no quiere guerra con sus convecinos, ni hacer mal á naide no más que por hacerlo... Dirás tú que éstas son coplas, y que más valiera, en ciertos casos, vista la mala ley de otras gentes, hacer con tales y con cuales lo que el de más allá hace con uno... Podrás estar en lo firme; pero yo estoy más á gusto con hacer lo que hago. Cierto que no se engorda con ello; pero se duerme tan guapamente, y no hay ujano que roa en los prefundos cuando más devertío está el hombre, ni pentasma que le espante ni le engurruñe los hígados cuando la triste nesecidá le pone en riesgo de jugarse la vida allá afuera, contra un zoquete de borona... Tú, Pedro Juan, hazte la cuenta de que no hay bien ni mal que cien años dure... y hala pa lante hasta caer de veras; que de caer hemos, igual tú y yo, que semos la miseria andando, que el que tenga los mesmos tesoros del Pirata... ¿Metistes la camá de juncos en el cesto?

Pedro Juan respondió que sí.

—Pos échale haza acá, y trae tamién la triguera pa desapartar lo de costumbre.

Pedro Juan hizo lo que le mandaba su padre; y fué de notarse que al paso que colocó el cesto muy sosegadamente arrimado al poyo, arrojó encima de él la triguera de muy mala gana.

—Convenido, hijo, convenido. Pecao mortal es que aquella boca se los zampe; pero á mal tiempo buena cara: á más de que á eso le tenemos avezao mucho hace, y sabe Dios lo que sería de otro modo.

Casi á tientas, porque era ya de noche y no había otra luz que la que reflejaba la tenue claridad del cielo, comenzó el Lebrato á sacar de la caldera los peces que contenía, para colocarlos uno á uno sobre la carnada del cesto. De paso, y valiéndose para ello, más que de la blancura reluciente del pescado, de la experta sutileza de su tacto de pescador, separaba en la triguera los peces que habían de servir para los fines que se proponía. Cuando Pedro Juan volvió con dos mimbres, que fué á coger de un haz de ellos que guardaba encima de una barrotera del estragal, su padre había apartado las tres lobinas, los cuatro mubles y los dos rodaballos mayores y más lucidos que había en la caldera.

El Josco, sin decir una palabra, se quedó mirando, con muy duro ceño, las nueve hermosas piezas; después eligió las tres más grandes, y las fué ensartando por las agallas en uno de los mimbres, cuyos extremos sobrantes unió muy curiosamente en forma de estrovo. Dió otra zambullida en la caldera á los peces ensartados así, y los dejó blandamente sobre los que había en el cesto. También fué de notar que al ensartar los otros seis escogidos, parecía que los daba de puñaladas con el mimbre cuando le pasaba de las agallas á la boca; que se limitó á dar un nudo muy tosco á las puntas de la vara, y que arrojó la sarta en la triguera sin cansarse en meter antes los peces en el agua. Hecho esto, rascó con las uñas lo mayor del barro seco que aún conservaba pegado á las zancas; se bajó las perneras que tenía arremangadas; las dió unos manotazos hacia los pies; frotó luégo ambas palmas contra las respectivas caderas; lió un pito, echó una yesca, y le encendió; y como quien se dispone á tomar una resolución heróica, restregóse las manos y cogió con cada una de ellas una sarta de pescado.

El Lebrato le miraba de hito en hito y le dejaba hacer sin decirle una palabra. Cuando notó que se iba á largar sin más explicaciones, le habló así:

—¿Por las trazas, lo vas á llevar esta noche? Pensé que lo dejarías pa mañana, de paso que corríamos lo demás, si antes no vienen por ello.