—Sólo sé, mi respetable amigo, que por mis antecedentes, por mis servicios prestados hasta el día en que cesé, me correspondía hoy una embajada de primera clase ...

—Y quizá le han ofrecido a usted ...

—Una indignidad, señor de los Peñascales ... lo que puede desempeñar un cónsul de tres al cuarto.

—¡Qué atrocidad!—exclamó don Simón sinceramente escandalizado.

—Pues así va todo, amigo mío. Pero a bien que no me extraña, porque soy viejo en esta casa, y conozco hasta sus menores escondrijos.

—Habrá usted sido diputado varias veces ...

—No he querido serlo ... o mejor dicho, han tenido siempre los gobiernos buen cuidado de hacerme en las urnas cuanta guerra han podido. ¿No ve usted que a los gobiernos como los de España no les conviene en el Parlamento hombres como yo?... Ahora me ofrecieron un distrito; pero era con el fin de hacerme olvidar, ¡mentecatos!, el desaire de la embajada, y especialmente para atar mis manos en la prensa: pues ya saben ellos que tienen cada día la existencia pendiente de mi pluma.

—¿Luego es usted de oposición?

—Le diré a usted: observo una actitud expectante. Amenazo de vez en cuando; transijo al ver que ceden, y vuelvo a la benevolencia.... Porque conozco que el país no está para escándalos ni para caídas ruidosas. ¡Ah ..., pues si no fuera por este patriotismo que me esclaviza!...

Y se dio dos golpecitos con el junquillo en una pantorrilla, mientras volvía a afirmar los lentes sobre la nariz. Don Simón, que le creía como artículo de fe, no cesaba de regodearse con la idea de que un hombre de tanto valer le conociera, le admirara y le juzgase capaz de hablar allí como el más guapo. Bajo esta impresión le dijo, pasados breves instantes de silencio: