—Que el país desea que yo le represente en las Cortes—añadió don Simón con parsimonia.
¿Y qué es eso?
—Pues bien claro está, mujer. Se trata de que yo sea diputado por esta provincia.
—¡Carácholes!—exclamó, fuera de sí, la gran dama, olvidándose en aquel instante de todos los miramientos que la esclavizaban desde que era rica.
Frunció el entrecejo el marido al oír aquella interjección espontánea en boca de su mujer, y dijo a ésta severamente:
—Te alvierto que esa palabra no es del mejor gusto para dicha por una señora de tus ... contingencias.
—Déjate ahora de eso, que ya se arreglará—repuso doña Juana con un desdén admirable—. Y dime: si llegas a ser diputado, ¿te sentarás en aquellos bancos de terciopelo que veíamos desde la trebuna?
—Es claro.
—¿Y te llamarán de Usía?
—Naturalmente.