En fin, hijo, que me di por solicitao; que llegó la hora, y que allá me fuí con el más guapo. Y no fuí de los últimos, porque esto lo tengo yo á descortesía, y porque, no habiendo alreguedor de la mesa más que pie y medio de plaza estipulao para cada asistente, no era cosa de arriesgarse uno á verse sin pizca de ella, como era de temer si menudeaban los convidaos fuera de cuenta, como yo. Recibióme el sujeto de lo bien, vamos al decir, que con toda la cirimonia y cortesía del caso; sin que por ello me atreva á asegurarte que no le quedara otra en sus adentros, visto lo poco que puso de su parte para que yo me diera por avisao. La verdá es que si en reparos tan cortos fuera capaz de tropezar yo, no hubiera pasao aquella vez del portal; porque, ó me engañó el oído, ó un diantres de guardián que estaba en él con carátula y sable, me llamó «pegotón» con una desvergüenza que asombró á la mía. Pero yo me hice el sordo, como si se lo llamara á otro que iba detrás (y bien pudiera ser así)... y ¡arriba, Patricio!
Ya irás cayendo en la cuenta, hijo mío, de que este particular de que te hablo fué una comida[1], aunque por la hora en que aconteció, cena la llamaran en Coteruco; pero has de saberte que ni cena ni comida se llamó el sujeto osequiante, sino Te masqué, como paece que se llaman entre los currutacos de ahora estos festines noturnos, bien sease por acontecer en días de máscara ó carátula pública, bien porque así lo estipulen extranjeros pudientes, que son los que dan el punto á estas cosas, y paece ser que lo entienden. Por lo demás, aquello ardía, Gildo, y rechispeaba; de tal modo, que si me preguntas el ditamen de mi paecer al asomar de plonto en la sala del agasajo, no te le sabré dar; porque lo que yo sentí entonces (y ya sabes que soy hombre sereno) fué á modo de una gofetá que me atolondró; sin que pueda yo decirte si esta gofetá fué de mano de la luz, de la del visual de la mesa escripía de vidrio, ú del vocear del señorío presente, porque too ello junto lo tragué de súpito y cuando menos lo esperaba.
Pero pasó aquello tan aína como vino; y cata, Gildo, á tu padre en sus propios elementos y tan á gusto como en el mesmo poyo de la su cocina; porque has de saberte que por remate de ventajas, no echaba el ojo por el hemisferio de la mesa sin topar con personas de mi conocimiento. ¡Lo que tiene el haber corrido mundo y bebido en muchas fuentes! Así es que, Gildo, besamano desde allá, cabeceo por la otra banda, saludo por aquí, reverencia por allá, paecía yo un intendente de Rentas, lo que menos, y no un pobre pardillo de Coteruco, arrimao de pegote á aquella mesa tan relumbrante.
Á lo que voy, Gildo. ¿Quién pensarás que fué el primer conocido que en aquel redondel de gentes me saltó á los ojos tan aína como se me pasó el deslumbre? Pus el mesmo don Pepitón el de la Corralera. Por lo resultante del relate que se hizo, paece ser que agolió el guisote dende el su lugar, y á catarle vino por sólo ese gusto. ¡Buena nariz, Gildo! Así está él de opíparo y nutridote de carnes. Verdá que es hombre de pocos desgastes, y tan fiel y bien regido de conducta, que fué capaz de venir desde su casa á la del sujeto sin alcordarse de otra mujer que de la suya propia.
Tamién cambié unas cortesías con don Ciprianito el de Toranzo. ¡Buen letrado! Tres veces me libró de cadena en causa criminal, y más de otras tantas hemos trabajado juntos en eliciones por la causa de la libertá. ¡Vaya si es fino de trabajo en esos particulares! Buen amigo me paeció siempre de sus amigos, campechanote y arrojao por ellos. Dijéronme si andaba ó no ahora en propósitos de encarcelar al gobernador cevil y al juez de primera istancia. No te afirmaré que el dicho sea el Evangelio; pero si el hombre llega á empeñarse de veras en ello, cátalos á la sombra.
Á la vera de él estaba, guante en mano, tose que tose y bebe que bebe, el amigo que no le suelta de un tiempo acá, y por eso le conozco yo. El tal, aunque ya blanquea de arriba, sigue mozo soltero, y bien pué decirse de él que ha encanecío en la juventú, por los años que lleva metido en ella y el apego que la tiene. No es hombre de carnes, aunque no podría con ellas si toas las que dió con ujano á las tropas de nusotros en la última guerra, se le agarraran al hueso. Paece ser que tiene un equipaje en cada casa pudiente de la provincia: así es que cuando cae en una de ellas, no se levanta tan aína. De modo y manera que con estos agorros y aquellas ganancias, está el amigo reventando de posibles. Rifiérote esto, Gildo, porque recordarás que en su día se dijo en Coteruco que aquella piojera y consumición que trijo de la guerra el hijo del nuestro vecino, y que al cabo le mató, fué obra del ujano del rancho que le daban allá. Y ahí tienes tú cómo, en ocasiones, lo que á los unos ajoga, á los otros engorda. Córrese tamién que este señor tiene un pavo.
Hacia salva la parte mía topé con otro lobazo viejo de la camá de la Cueva. No está tan rigioso de personal como en aquellos entonces, porque años y malos humores le agobian y enflaquecen; pero en lo tocante á la entraña, no ha cambiado pizca: quiero decir, respetive á lo eclesiástico; porque has de saber que siempre picó en hereje en ese particular. Resulta de que ahora le han excomulgao, y calcula tú cómo rezará al consiguiente, aunque yo tengo para mí que, vista la ruta que llevaba, no podía parar en otra cosa... Acá entre los dos: tamién él debía esperárselo, ú no le asombró el asperge, porque he visto que sigue firme de diente; y de saque, mucho mejor. Llámase Justo. Con que fíate en nombres.
¿Te alcuerdas de un medidor que anduvo unos días en el nuestro valle, banderín aquí y banderín allá, marcando minas á unos y á otros, minas que luego salían castaña, y que decían de él que arremedaba á las gallinas cuando quería: según voces, por divertirse, y según otras, por sonsacarlas del gallinero y llevárselas á la su mujer? Pus allí estaba con los antiojos metidos en el plato...
Hombre, ya que miento el plato, he de decirte que se emponderaron mucho unas fegurucas pintás con jollín en el culo de uno grande, por el muchacho menor de don Cornelio. La verdá es, Gildo, que con lo chicucas que son y too, vivas paecen, y que el muchacho lo entiende; pero no me pasmé cosa mayor de la pintura, porque por mucho que pinte el muchacho, no es capaz de pintar en el aire unas cuentas municipales como yo.
Golviendo al caso, has de saberte que, por haber de too allí, tamién había un marqués. Por cierto que para ser tal marqués, me paeció bastante desmejorao, aunque esto pudiera consistir en que, según se corrió, anda de celo ahora; sin contar con que esto de lo territorial último paece ser que le trae bastante caviloso, motivao á que, como á mí y á otros probes, se le destapó lo enculto y le va á partir la contrebución resultante.