De angunos más pudiera darte cuenta en esta carta; pero no quiero alargarla con puntos de poco más ó menos. Había allí mucho lagarto hambrón, agarrao al pesebre más que á la estima de la casa, á mi modo de ver; zancudones y largos; saltadores, por oficio, del huerto ajeno, por escarmentaos los unos y por arrepentidos los otros; quiero decir, Gildo, que habíalos padres ya, daos á la mujerona ensuta; y solteros con canas, viviendo de lo que cae por detrás de la Iglesia... Esto pude sacar de los relatos de unos y otros; que te aseguro, Gildo, que se los echaban acá y allá en puro guerreo, como si anduvieran á puñalá seca. Bien me paeció la engarra; pero mejor me paeciera si de tantos golpes como allí se dieron, hubiera alcanzao uno siquiera, para dejarle panza arriba, al hombre único que me quitó el sosiego con su presencia aquella noche; porque has de saberte, hijo mío, que allí estaba el pícaro faicioso que á ti y á mí y á toos los ensalzaos de Coteruco, nos sacó á la vergüenza pública con imposturas caluniosas en aquel libro que tú sabes. Pero el hombre debe estar muy en su punto en aquellos particulares, porque no tuve el consuelo de que le achacaran un mal tropiezo onde tantos otros salieron con escalabraúra gorda. Tentaciones tuve, Gildo, de golver á mis intentos de empapelarle, de rabia que me daba; pero ya me había dicho don Ciprianito en miles ocasiones que más me valía callar al respetive; y por si hablaba en razón, aguanté la corajina.
Dime con quién andas, Gildo, y te diré quién eres; relátame la fiesta, y pintaréte el santo; con que auto á lo estipulao, cata al sujeto osequiante. Hombre es, hijo, que ha de ser cogido en buena luna, si se quiere sacar raja de él; sin esto, que le tomes á la veta, que le tomes á contrapelo, es total igual: una pura lumbre; vamos, que centellea y retingla lo mesmo que una troná de verano. Cogido en su punto y sazón, como aquella noche, no paece pariente de sí mesmo, respetive al genial y otros particulares; aunque en punto á explicativa, Gildo, en toa clase de lunas le encuentro lo mesmo, salvo el humor; quiero decirte que, rabiando ó trunfando, onde pone la lengua, cata la ampolla. Por lo demás, no se mete con naide ni murmura de ninguno. Así me gusta á mí la gente: la verdá por delante y los dichos claros, sin faltar al respeto... y caiga el que caiga, sin llamarse á engaño. Esto siempre es una ventaja y, si á mano viene, un consuelo. Además es, de por suyo, picao al mujerío como un demontres; y basta verle, como yo le vi, pa caer en la cuenta de que tampoco escupe la melecina; pero si hemos de hablar en josticia, esto es lo menos en que pué dar á sus años un probe huérfano desamparao como él.
Tamién me paició suelto de pluma y ocurrío de idea, porque lió una copla allí relative á un compañero suyo, que por las trazas ha pensao invernar en el matrimonio, que te digo que estaba de lo bien. Pos évate con el interesao, que le soltó otra, malas penas las sintió encima, que no tenía güelta: oí sí á esta tal le había sustipendiao el Gubierno de arriba por entendío en el copleo.
Á too esto, ná te he dicho relative al manjar, y la carta se va acabando. Pus relative al manjar, has de saberte que me paició mejor que las coplas, aunque, en punto á sustancia, no tuvo comparanza con aquello de la becerra, de que te alcordarás. Pero no sólo de tajás y picardías vive el hombre, sino tamién de un buen roce personal, vistosidá de los ojos y recreo del magín, relative á la que hubo ración á manta en la ocasión que te pinto; quiero decir, en lo tocante á gentes de viso, relumbre de mesa, floriqueteo pomposo y leturas maníficas. Ello, sí, bien emponderao fué de unos y otros cada sorbo y cada bocao; tanto, que yo dije para mí, sin agravio de naide: «No sé yo qué quedara de esas emponderaciones, si el sujeto vos pidiera el tanto más cuanto al respetive de lo que habéis envasao».
Noté que entre alabanza y alabanza, se sonsacaba á éste y á aquél promesa de otro festival noturno; pero noté, al mesmo tiempo, que naide se daba por entendido: lo que no me gustó mayormente, porque si allí se alcordara algo, pudiera yo darme por entrao en el alcuerdo. La verdá es que me paició aquella gente, en lo respetive al caso, de la que lima pa dentro. El que se clareó un poco más, y como si quisiera reblandecerse algo, fué el pudiente del pavo. Por sí ó por no, ya he pedío para él carta de empeño, con ánimo de entregársela el día que regienda la su cocina á temblor de tierra; cosa que yo he de saber por el mesmo sirviente que le cuida el ave, en virtú de media peseta que le tengo ofrecida si cumple bien, como espero.
Sobre lo que de esto resulte, con algo relative á las máscaras de estos días, te hablaré en ocasión conviniente. Mientres tanto, puedes referir en Coteruco lo que mejor convenga de esta carta, porque algo ensalzan á tu padre estos osequios que recibe de personas tan pudientes y vistosas. No te olvides de contárselo á don Gonzalo. Sospecho yo, Gildo, que el tal no es quién para salir vivo de una cena como aquélla.
No han nacido todos con la entraña y el don de gentes prencipales (aunque me esté mal el decirlo) de éste tu padre que te estima
Patricio Rigüelta.
NOTAS: