[1] Dispúsola, en obsequio de sus amigos de mayor intimidad, el Sr. D. Sinforoso Quintanilla para la noche del domingo de Carnaval 19 de febrero de 1892.—(Nota, quizá indiscreta, pero muy útil, del editor).
AGOSTO
BUCÓLICA MONTAÑESA
AGOSTO[2]
BUCÓLICA MONTAÑESA
I
O lo podía remediar el pobre tío Luco Sarmientos: mentarle el mes de agosto era producirle un escalofrío. Y si fuéramos á decir que le aborrecía, vaya con Dios; pero sucedía todo lo contrario. Como él decía: «De agosto, no hay que hablar mal delante de mí por lo tocante á sí mesmo, ó sease respetive á su mesma mensualidá. No tiene tacha sobre estos particulares; y por gustar, me gusta como el mejor del año; pero...».
Pero era excesivamente supersticioso el bendito de Dios, y hasta creo que no le faltaban motivos para ello, si convenimos, como debemos convenir, en que es muy difícil dejar de ver en una larga y ordenada serie de casualidades, el cumplimiento fatal de una ley misteriosa é inexorable. ¿Quién no es algo supersticioso en este sentido?
Y relataba de este modo el caso, á su compadre y convecino, Mingo Ranales, sesentón y acartonado como él. Acababan de tumbar entre ambos un prado de quince carros, de los que, entre propios y á renta, cultivaba años hacía el preopinante, y se disponían á almorzar á la sombra que proyectaba un maizal sobre la linde del susodicho prado. Tío Luco desanudaba entre sus piernas, abiertas en ángulo agudo sobre el heno recién segado, las cuatro puntas de una servilleta casera, mezquina y bisunta, que envolvía dos torreznos y otros tantos pedazos de borona fríos. Mingo Ranales, sentado á la mujeriega, parecía, por de pronto, más atento á la ración que esperaba y le correspondía, que á las palabras y gestos de su compadre. Ambos se habían despojado de la colodra que llevaban á la cintura atascada de hierba (la colodra, se entiende), para que con los movimientos del cuerpo no se derramara el agua en que se hundía la pizarra hasta la mitad, y habían escondido cuidadosamente el dalle entre las mijas húmedas y sombrías del maizal, para preservarle de los rayos directos del sol, que destemplarían su boca. En la opuesta cabecera del prado, que parecía un papel de música, cuyos pentagramas, rigurosamente paralelos, eran las cordilleras, ó lombíos, que había ido formando cada dalle á la izquierda del segador, esparcía la hierba con el mango de una rastrilla, para que se oreara pronto, una zagalona descalza, muy nutrida de seno, corta de refajo, ancha de caderas y de pies, y no mal encarada del todo. Demasiado abultados tenía los párpados de arriba, y algo desmayada la boca por abajo; pero no resaltaban cosa mayor estos defectos para la fama de bobalicona que gozaba en el pueblo, y lo parada de magín que era. Hasta le caía bien un pajero de doce cuartos, adornado con hiladillo encarnado, que llevaba sobre el pañuelo de su cabeza redonda. Acababa de llegar con el almuerzo que aún tenía su padre entre manos, y con el intento de esparcir todo lo segado mientras los dos comensales despachaban las correspondientes raciones, garrapateaba en el suelo con el palo, que se las pelaba; volaba en ocasiones la hierba por los aires y, para hacer más llevadera la tarea, derramaba cantares, casi á borbotones, por la ancha embocadura de su gaznate, sin pizca de concierto ni medida.
«Sospiritos de mi alma,
olé sí, bien lo sé yo,
y dime de quién te alcuerdas
cuando estás solo».