Y así por el estilo: unas veces en falsete, y otras á grito pelado. La voz, que era recia y destemplada, según los rumbos en que la ponían los bruscos movimientos de la cantadora, se perdía en los inmensos ámbitos de la mies, se apagaba poco á poco arrebatada por el soplo de la naciente brisa, ó repercutía en los próximos altozanos y, en ocasiones, empalmaba en las lejanías con otras voces que semejaban reprenderla, ó con los ecos de un varonil relincho que parecía flagelarla. Porque la mies estaba á aquellas horas pobladísima de gente. Era el mes de la siega: en agosto ya cae rocío por la noche, y se aprovechan las madrugadas para segar antes que el sol se beba la rociada que necesita el dalle para cebarse bien en la hierba. La que se había segado la víspera, estaba en montones, ó hacinas, que se deshacían entonces para que el sol, que ya calentaba, fuera acabando de secarla. De modo que entre los hombres que segaban los últimos lombíos, las mujeres que los iban esparciendo y las gentes que deshacinaban, se hallaba medio pueblo desparramado por allí, llenando de música los aires y salpicando de alegres notas de color el inmenso tapiz de la campiña. El cual tapiz era un completo muestrario de verdes, formado con retazos geométricos de todas las formas imaginables, zurcidos en el más caprichoso desorden: el verde seco de los prados sin segar; el pajizo de los recién segados; el aterciopelado jugoso, en variedad de matices, de las húmedas regatadas; el verde sucio de los bardales; el gris de las mimbreras que festoneaban á trechos los regatos... hasta el negro lustroso de los maizales, algo menos intenso en las alturas que en las hondonadas.

Á medida que el sol se elevaba, iba arreciando la brisa del nordeste, y envolviendo en sus ondas una fragancia de que no tienen idea los que sólo conocen la del heno segado, por esos falsos testimonios que la industria le levanta en pomos de vidrio con lazos de seda y cromos de veinticinco colores; sacudía los picos de los pañuelos y los pliegues de las sayas de percal; bamboleaba la hierba de las praderas y el débil ramaje de los arbustos; columpiaba los átomos en el espacio entre cascadas de luz y hacía que se entrechocaran blandamente las relucientes hojas del maíz en las heredades. De este modo, si el olfato se deleitaba con los aromas de que se henchía sin embriagarse, la vista y el oído no se regalaban menos: aquélla, con los caprichos de la luz chisporroteando en los dispersos arbustos de esmaltado follaje, en las escondidas espadañas y en las flotantes moléculas, y meciéndose, en anchas ondas tornasoladas, sobre prados y maizales; y el oído, con otras armonías harto más dulces y concertadas que las de la música de las cantadoras, ó de los relinchos de los segadores:—el suave y continuo rumor de todo lo que se movía en la naturaleza, como un interminable arrullo de amor, con sus chasquidos de besos... Vamos, que se podía decir mucho de estas cosas, que nunca son por acá convencional y vana poesía, si hubiera tiempo y espacio para ello, y yo supiera decirlo.

Por la tarde entrarán nuevas figuras en el cuadro y distintos accesorios, y las ya conocidas se emplearán en tareas diferentes. Se atropará el heno esparcido y seco, y llegarán los carros, al perezoso andar de los bueyes, con sus campanillas untadas de lodo para apagar el sonido que atrae al tábano que enloquece á las bestias con su acerado aguijón; los carros, digo, con sus altas armaduras postizas, á colmarse de hierba, formándose la inverosímil balumba por arte singular de la moza que la va acaldando arriba, y obra de los bríos y de la destreza del hombre que se la envía á horconadas desde abajo... asunto, en verdad, que apesta retratado en los abanicos y en las cajas de bombones, y que, sin embargo, dejaría embelesado al lector de estos rasguños, si tuviera yo la dicha de apuntársele con el dedo en las mieses de mi aldea... Y ahora caigo en que podría darse el caso de que le sucediera con lo descrito lo propio que con lo pintado; temor por el cual déjolo aquí de pronto y vuélvome al principio, donde nos aguardan los dos compadres «en dulce amor y compaña».

II

Y repito que se expresaba del siguiente modo el bueno del tío Luco Sarmientos, mientras su compadre, tendido ya sobre el codo del lado izquierdo, llevaba á la boca con la diestra el deseado torrezno para darle la primera dentellada:

—Pues á lo que te decía respetive al caso: ya estamos en el agosto, ¿no-verdá? y á más de mediao, por más señas; ya estamos en el agosto... Corriente; ya pasó lo más duro de la brega de la labranza: el romper la tierra, el golverla á amañar, el golverla á romper para la sementera; el sallo, que no es flojo de por sí; el resallo, que allá se le anda... y cátame aquí los maizales hechos una bendición de la gloria: negrean de puro sanos; no se ve ya el hombre adentro de ellos, la barba de la panoja apuntando, y cuatro dedos de pendón afuera de la caña. Cuanto se puede pedir en buena ley. Lo de la herba, me gusta: no rinde el cuerpo, porque es labor de pocos días; en menos de ocho, como tú sabes, he llenao el pajar, cuasi pa el cuasi, con lo de los praos que llevo, menos lo de éste, que se empayará mañana si Dios quiere... ¿Te vas enterando tú?

—Te digo que sin perder ite.

—Pues escucha y perdona. Ya estamos en el agosto: el ganao anda en los puertos; no vendrá hasta octubre, y por esta banda, nengún desvelo me apura. Iten con iten, no debo un cuarto que tenga que pagar en este mes; el tercio no cae hasta el que viene, y ya sé de ónde sacar el montante de la contrebución. De maíz, no ando gran cosa; pero lo mesmo fué en julio y en el anterior, y lo propio será hasta el maíz nuevo, porque lo viejo finiquitó en mayo.

—En febrero se bajó el último grano del mi desván.

—Otros le bajaron en diciembre, Mingo, y en el pueblo hay contrebuyente que no cogió veinte celemines. Voy al decir con esto, que tanto más á favor mío por lo respetive al presente, si á mirar fuéramos las cosas por la estampa de ellas y á primera vista... ¿Me entiendes tú bien?