—Feguraciones del magín, y no más que feguraciones.
—Vete contando por los deos, para hacerte mejor el cargo. Por un milagro de Dios salí con vida al mundo.
—De muy allá lo tomas.
—Es que no empieza ello más acá. No es mía la culpa. La brega fué tan dura, que mientres se andaba con que si me ajuego ó no me ajuego, ó sobre si alendaba ó no alendaba, se le acabó el resuello á mi madre. La semana que viene hará de esto sesenta y dos años, día por día... veintitrés de agosto. Me crié mal y por obra de misericordia, y dicen que pasé toas las enfermedades que pueden pasar las criaturucas en los cinco primeros años de vida. En toas estuve á las puertas de la muerte, y toas me acometieron en agosto. Cuando llegué á muchacho, no pasó un mes de éstos sin quebranto gordo para mí ó para mi casa... En agosto se cayó mi padre por un boquerón del pajar, y de resultas falleció al año cabal; en agosto le aconteció á la única hermana que me quedaba, aquella desgracia que la mató de vergüenza en pocas horas, como es bien notorio en el pueblo... ¡Paécese propiamente que está la mala estrella ojeándole á uno para que en cuanto uno quiere darse una miaja de respiro en ese mes, le encaje la pesaúmbre encima!
—Bien pudiera estribar algo de ello, compadre, en que el mesmo recelo acelera al hombre, ¿estás tú? y le lleva, le lleva, como el otro que dice, á caer en la boca mesma del lobo, que no se alcordaba de él.
—No sé yo qué habrá sobre el caso, compadre, por la banda que tú le miras; pero las más de las veces, contra lo que tú piensas, me han cogío de súpito los malos golpes... Aquí está esta pata, zamba desde entonces, que no me dejará por mentiroso de lo que afirmo... Bien sabes tú lo que pasó. Tenía yo que ir á Santander como por la posta... Contigo lo traté primero.
—No hay pa qué relates el caso, porque le tengo bien sabido.
—Importa el relate de él aquí, al auto de lo que se trata. El viaje era motivao á un expidiente que me interesaba mucho, y se creía que de llegar ó no llegar yo á punto, con un decumento, que por fortuna no hizo falta después, dependía el que la cosa resultara bien ó mal para mis intereses. En estos apuros, atrevíme á pedirle la jaca al Mayoralgo, que, aunque no muy esponjá, era animal de aguante y buen andar. El hombre se prestó al ruego, porque, en verdá sea dicho, algún favor me debía en la cortedá de mis posibles; y al apuntar el alba, ya estaba yo á caballo saliendo de la corralá. De víspera había llovido mucho, y el regatón de abajo mi casa iba algo más lleno que lo de costumbre. Tomé la vaera, que, como tú sabes, hace un remanso: habría como palmo y medio de agua, á todo tirar; el suelo como la palma de la mano. Pues, señor, meto un espolazo á la jaca, y encogí un poco las rodillas pa no mojarme los pies con la salpicaúra, cuando noto que el animal se para en metá de la vaera, y espienza á golpear el agua con un remo de los de alante. «Esto es que quiere beber», dije para mí mesmo; y le aflojé los ramales para que bebiera. ¡Que Dios no me salve si yo recelaba cosa nenguna de que el demonio del animal pudiera ser agostizo! Bien sabes tú que los caballos de esta clase, tan aína meten las patas en el agua, ¡chapla! ya están revolcándose en ella. Pues lo propio aconteció allí, hijo del alma: aflojarle yo los ramales á la jaca y tumbarse ella á la larga en metá del río, fué una cosa mesma. Y no se contentó con esto sólo, que ya era mucho para mí, por haberme cogido la pata derecha debajo, sino que el demonio del animal, al verse en sus glorias, escomenzó á pernear al aire y á querer darse la vuelta del otro lao. ¡Fegúrate, compadre, si clamaría yo allí al Dios verdadero!... Como que pensé que me había llegado la última; y así, di el grito y el lamento que pudieron oirse en dos leguas á la redonda. Fortuna que, contra lo que yo esperaba á aquellas horas, andaba cerca un muchacho, el hijo de Antón Burciles, que llevaba el ganao á la sierra. Oyóme, acudió, echó mano al freno de la jaca, hízola levantarse á estacazos... y quise levantarme yo tamién, hecho una sopa y empanderao de agua como me veía. ¡Menearme yo! Lo mesmo que una peña. Y no era ná el motivo: la pata rota, hijo, así como suena. Acudió gente avisá por el muchacho, y me llevaron á casa como pudieron... ¡El veinticuatro de agosto, compadre! ¿Te vas enterando? Cuarenta días estuve entablillao; y entre uno y otro, cerca de tres meses sin soltar las cachavas y acabando con la poca hacienda. ¿Busqué yo esta desgracia? ¿Metíme por ella, como te piensas tú?
—Me alcuerdo del caso, compadre, que no fué pa olvidao, ni de los que se alcuentran con la ceguera del miedo.
—Ni tampoco los otros, Mingo. En un agosto enviudé, á lo mejor de la vida, y en un par de agostos perdí los dos hijos varones, que ya me ayudaban mucho en la labranza. El uno se me desnucó en el monte. Al otro le mató un tabardillo en cuatro días. Quedóme esa muchacha: en agosto nació, pa que haya salido cosa buena.