—No digas, compadre, tan mal de Narda; no porque yo la sacara de pila, sino porque las hay mucho peores.
—Es una tordona sin pizca de sentío.
—Pero honrada, como es, te la conserve Dios.
—Eso ha de verse, compadre. Por la presente, tentaona de la risa es, y motivos hace para ponerme en recelo... ¿Qué buscas alreguedor, si puede saberse?
—Algo con que refrescar el gaznate, que el torrendo, aunque frío, pide lo suyo.
—Ahí está el botijo, debajo de ese brazao de hierba.
—¿El botijo dijistes, compadre? Estará hecho un caldo.
—Con eso no te cortará el sudor. De lo que tú deseas, no hay gota á mis alcances como otros días, y no me gustan trampas en la taberna. Ya mejorará Dios las horas y habrá para todos: bien sabes que yo no lo escupo, ni, cuando lo tengo, lo escondo de los amigos... ¡Mal pecho te deja lo del botijo, por la cara que pones!... Dámele acá, que cuando no hay solomo...
—Allá va, compadre, y sin pena maldita por que le saques la entraña neta... Y golviendo al caso, relátame eso que apuntabas de la muchacha, si es que puede relatarse. La estimo de veras y quisiera su bien.
—Por demás sabes tú lo que hay al consiguiente.