—¿Lo dices por Baldragas?
—Justas y cabales. No la deja un punto ni ella le pierde de vista. Cada semana me la pide; antanoche repitió la solfa: desde el empaye de antier, está el mozo hecho una brasa... y Narda poco menos. ¡Primero la descuartizo! dicho se lo tengo.
—No estamos al ite en eso, compadre; y bien sabes que siempre te hablé del particular en esta mesma consonancia. Te estorban las moscas, y las estás metiendo la miel por los ojos. Reniegas de ese muchacho, y cada día le llamas de obrero.
—Porque, á ese respetive, hace más que su deber. Trabaja al demontres, y no hay brega que le rinda el brazo... á más de que cuento con que, á fuerza de verlo y no catarlo, acabará por aborrecerlo... Pero ya sabes la tacha que le pongo: aquí cayó como llovido, siendo una criatura; y sirviendo á unos y á otros, ha llegado á lo que es. Toas las casas son suyas, y no duerme en nenguna con buen derecho. Padres conocidos tiene, porque lo asegura él; pero naide los ha visto.
—Sea honrao el hombre, que lo demás es chanfaina. ¿Qué otras manchas tiene?
—Un vino muy malo, las veces que lo cata, que no son muchas. Se fuma un caudal... ¡no he visto otro vicio! Cuando no tiene tabaco, quema en la pipa lo primero que encuentra: berros en vinagre, si no hay cosa mejor...
—Se hace á lo que tiene, compadre, y eso no es un vicio.
—De personal, á la vista lo lleva: no vale tres cuartos... En finiquito, compadre, me busca la hacienda pa el día de mañana; y está en ley de Dios que el que pide el torrendo, traiga siquiera el zoquete.
—Eso ya es cubicia tuya, que puede romperte el saco al salirte las cuentas que te echas. ¿No tiene otra falta Ceto?
—Otra, y la más negra. Sé que es agostizo: una vez lo oí de su boca.