—Tú lo dijistes: eso sólo te espanta; y, en casos como éste, pecas contra Dios, porque no puede creerse en cosas pirtiniciosas.

Y como en esto llegara Narda á hurgar con el mango de la rastrilla cerca de los pies de los dos compadres, cambiaron éstos de conversación tomando por pretexto la maldita calidad del tabaco que comenzaban á fumar en sendos cigarrillos.

Cuando Narda hubo esparcido los últimos mechones de hierba recién segada, le dijo su padre:

—Cógete el botijo y la servilleta, y pica hacia casa á mirar un poco por la comida. Nusotros nos quedamos para dar otra vuelta á la hierba con el asta del dalle antes de irnos.

Obedeció Narda sin despegar los labios, pero sin apurarse gran cosa; y mientras se alejaba mies arriba, zarandeando el refajo y echando cantares por la boca, decía su padre á Mingo Ranales, no sé si para rematar la conversación ó para empalmarla con otra sobre el mismo tema, tras una bocanada de humo y un regüeldo muy sonado:

—Será lo que tú quieras, compadre; pero no hay quién me arranque del magín que esa muchacha me la ha de hacer, y ha de hacérmela en agosto.

III

Al día siguiente reverberaba el sol sobre el campo, como el fuego á la boca del horno, sin pizca de nube en el cielo ni asomo de brisa en el aire. ¡Gran día de hierba... y de tábanos! Por la mañana había deshacinado tío Luco, con la ayuda de Narda, la del prado segado la víspera, y al darle vuelta cerca del mediodía, sonaba de puro seca. Á las tres de la tarde, mientras la mozona volvía del molino, echando los bofes (porque no había polvo de harina en casa y era preciso amasar temprano para que cenaran los obreros al anochecer), con una carga de celemín y medio, dejada allá en grano la antevíspera, tío Luco entraba en la mies con su propio carro, en el cual iba sentada, con su pajero en la cabeza y su refajo encarnado, la nieta mayor de Mingo Ranales, zagalona precoz que se pintaba sola para acaldar carros de hierba. Entre su madre, su abuelo y Baldragas, atropaban en tanto la del prado, formando anchas fajas entre las cuales había de colocarse el carro para cargarlo. Llegaron pronto los bueyes, porque iban á un andar que pasaba de los gustos de su dueño. Pusiéronles bajo el hocico, y para que no se movieran de allí, abundante ración, encogollándola bien á menudo, para que la fueran comiendo sin humillar la cabeza; pero no se logró el intento sino en parte, porque con el calor andaban las moscas desesperadas, y las mansas bestias, no bastándoles el rabo para sacudírselas, daban cada embestida al aire, entre patadas y manotazos, que crujía la armadura y aun se removían y sonaban algunas tablas mal seguras de la pértiga vacía.

Cuando la moza de arriba comenzaba verdaderamente á lucir sus talentos de cargadora, cimentando con arte la balumba que iba formando entre aquellos zarandeos de marejada; es decir, cuando ya salía la carga media braza fuera del carro por todas partes, contando la armadura y la rabera postizas, dijo tío Luco á Baldragas:

—Pica á uncir el carro de mi compadre, y estate aquí con él en un vuelo, que ya sabes lo convenido. Los dos han de salir juntos del prado, para empayarlos en seguida y volver por lo que quede... ¡y mira que te he de contar las zancás y los minutos, para ver los que malgastas en el viaje!