Ceto, sin chistar, soltó la rastrilla, y, con su pipa rabona entre los dientes, salió del prado á buen andar.

Tenía razón el padre de Narda: no valía el mozo tres cuartos en buena venta. Era feo, estevado y de corta alzada, pero nervudo y sano; torcía las alpargatas, rotas por encima de los dedos, y no le llegaban á los tobillos las perneras de sus amorralados calzones de mahón, con remiendos azules y varios agujeros sin remendar. Los aseguraba por encima del hombro derecho con un tirante de orillo, sobre una mala camisa sin botones. Iba en pelo, el cual pelo era algo lanudo y apardado. Bizcaba un poco de ambos ojos, y le blanqueaban mucho los dientes, á pesar del vicio que le dominaba, entre sus labios gruesos y en frecuente retozo con la lengua. Esto y lo saliente de la mandíbula inferior y de los pómulos, lo chispeante de los ojuelos, cierto encogimiento de cuerpo que le era habitual en el instante de las grandes resoluciones, y su viveza montuna, acusaban una naturaleza de sátiro, sensual y vigorosa al mismo tiempo, formada á prueba de todos los rigores del desamparo y de las intemperies.

Y era verdad, como afirmaba tío Luco, que desde el último empaye andaba el mozo más empeñado que nunca en casarse con Narda, que, por cierto, no trataba de quitárselo de la cabeza. Aquello no podía olvidarlo él: lo tenía estampado á fuego en el meollo. Tío Luco, desde el corral y encaramado en el carro, arrojaba las horconadas de hierba al boquerón del pajar; á la parte de adentro del boquerón la recogía una obrera, que se la echaba á Mingo Ranales, el cual la lanzaba con el horcón á la pila; en la cual pila la recibía Baldragas para corrérsela á Narda, que iba arrojándolo por donde más falta hacía para levantarla por igual. Pero en las pilas de hierba se hunden los pies y se tropieza á menudo; y Narda, al correr hacia Ceto, solía caerse, y Ceto, por no haberla visto, porque el pajar siempre es obscuro como boca de lobo, al correr hacia Narda caía sobre ella. Costábale entonces «hacer pie» en suelo tan esponjado, y se agarraba á lo que podía; y muchas veces, después de alzado, por volver á tomar el brazado de heno, tomaba un pedazo de Narda, que aclaraba la equivocación como su apuro le daba á entender; pero nunca con gritos que podrían tomar los presentes por otra cosa. Si el caído era Ceto, Narda hacía lo que él cuando era ella la caída, porque el caso era el mismo con la tortilla á la inversa.

Y así hasta que Mingo Ranales echó arriba la última horconada, y tuvieron que bajarse, dejándose esborregar por la pila, Narda y Ceto, sudando el quilo, rojos como tomates maduros, escupiendo grana y sacándose pelos de hierba hasta de los agujeros de los oídos.

«¿Te pido otra vez?»—le había preguntado Ceto en la última caída.—«Cuanti más antes»,—le había respondido Narda, sin dejarle acabar la pregunta.

Y con aquellos alientos había ido él la misma noche con la demanda, por séptima vez, al testarudo padre de Narda, que á más de negársela, le arrimó un soplamocos. Desde aquel punto se la juró al viejo. Narda, por su parte, había apoyado las pretensiones de Ceto, y también había recibido la negativa envuelta en un sopapo. Al comunicarse estas tristes, mutuas y hasta dolorosas impresiones, apenas recibidas, él se había afirmado en su querer con nuevos puntales, y la había sondeado la voluntad con el esbozo de un proyecto. «Cuanti más antes», le había respondido ella, lo mismo que en el pajar. Y el esbozo llegó á plan sazonado al otro día, y también le había respondido Narda al enterarse del caso, que ya picaba en urgente, «cuanti más antes». No estaba él tan huérfano de valedores como de familia; no faltaban luces de caridad con que alumbrarle las entendederas en aquello que pudiera llegarle al alma; ya sabía él cómo atarle las manos al descorazonado viejo y hacerle pagar de un golpe todas las que le debía... Y se las iba á pagar muy pronto; más pronto de lo que pudiera pensarse hasta por los listos que tomaban á burla sus cavilaciones.

«Pica á uncir el carro de mi compadre». ¡Ya le daría el carro... para llevarle á la horca! «Y estate aquí en un vuelo». ¡Como no esperara otro, ya podía esperarle sentado! Allí no había más que una ley, la ley de Narda: «cuanti más antes»; y esa ley había que cumplir, y se cumpliría á no juntarse el cielo con la tierra, ó faltar la moza á su palabra, que venía á ser lo mismo, y tan imposible «pa el cuasi».

En consonancia con estos pensamientos, al entrar Ceto en el barrio, lejos de tomar la calleja que conducía á casa de Mingo Ranales, echó por la opuesta que pasaba por delante del corral de Luco Sarmientos; pero no llegó á él de un solo tirón, no obstante la prisa con que caminaba, sino después de detenerse como medio cuarto de hora en otra casa, desde cuyas ventanas traseras, en el piso del sobrado y por encima del espeso bardal que cercaba su huerto, se veía hasta el portal del padre de Narda.

La cual, en el momento de llegar Ceto á su casa, estaba en la cocina, arrimada á una mesa, sobre cuyo tablero, áspero y roñoso, había una masera en la que la moza, arremangados los brazos hasta cerca de los hombros, iba echando harina, tomándola á dos manos de un saco, entreabierto de boca, que estaba en el suelo. Hacía un instante que había llegado del molino, y aún estaba coloradona, de la fatiga del viaje, con el pañuelo de la cabeza corrido hacia atrás y medio deshecho el nudo de los picos; no más arreglado el de la repolluda garganta, y recogido el refajo hasta cerca de las rodillas. La llegada de Ceto no la sorprendió pizca, porque se lo daba el corazón y contaba con ella. Siguió, pues, echando harina en la masera, sin responder cosa alguna á las primeras palabras de Ceto, hasta que echó toda la necesaria para la borona que iba á amasar: la más grande de todas las del año. Después hizo un hoyo en el centro, y comenzó á llenarle de agua. El mozo, en tanto, tomaba un ascua de la lumbre con su mano encallecida, y la metía en la pipa rabona. En seguida se arrimó á Narda, precisamente en el momento en que ésta hundía los dos brazos en la masa.

—Yo en tu caso—la dijo,—no me cansaría ni tan siquiera en eso... Que se chumpen las...