—¡Á ver si te estás quieto con las manos, Ceto!... Hay obreros en casa, y todos son de buen diente.

—Que coman clavos, Narda, que no merecen más... Pero no es ese el caso: á lo que vengo, vengo.

—¡Y dale con las manos!... ¿Ves? Ya lo pasé de agua.

—Pues echa más harina, y anda por la posta... ó déjalo sin hacer, que sería lo más acertao. ¿Estás en tus trece, Narda?

—Pienso que lo estoy.

—Pues mira lo que pasa, pa que te duermas. El carro de tu padre está á medio cargar; yo vine á uncir el de tu padrino, pa golver allá en un vuelo. No pienso en tal cosa...

Aquí un ratito de silencio: Narda revolviendo la masa, y Ceto chupando la pipa. De pronto exclamó ella:

—¡Ya lo pasé de harina!... ¡Esto es un puro barro!

—Échale más agua—repuso él; y añadió en seguida, mientras ella entornaba la escala, con las dos manos, sobre la masera:—No hay alma viva en la barriá; too el mundo está en la mies... Si tardo en golver allá, recelará tu padre y picará pa casa... ¡y si nos alcuentra juntos, Narda!... ¡si nos alcuentra juntos!...

—¡No m'aceleres, hombre!... Por tanto jurgarme, ya se me jué la mano, y esto es una poza.