—Pues pierde esta ocasión y no pescas otra tan aína. Por eso me consumo yo... por eso me jierve la sangre al ver lo remolona que estás, como si te sobrara el tiempo...

—¡Ay, Virgen Santísima de las mesmas Angustias!...

—¡Por vida de mi agüela! ¿Qué otro pujo te consume, Narda?

—¡Qué ha de consumirme, Ceto? ¡Bien á la vista lo tienes!... ¡Que se acabó la harina del saco!... ¡que no hay otro polvo de ella en casa, y que esto se quedó en caldo, como lo estaba!... ¡Güena la hice yo! ¿Qué va á comer esa gente? ¿Qué dirá mi padre?... ¡Y tú tienes la culpa, Ceto, por acelerarme tanto!...

—Castigo de Dios, Narda, por malgastar el tiempo que hace falta pa cosa mejor... Que coman centellas... Pues si estás aquí cuando venga tu padre y arrepara en ese estropicio más, piensa en la mortaja, porque lo menos menos, te abre en canal.

Narda plegó entonces su corpazo sobre el banco de la cocina, y quiso como gemir un poco, escondiendo media cara entre las manos, que no se acordó de lavar.

—¡Ahora moquiteas?—le preguntó Baldragas con disgusto, sentándose á su lado y pasándole un brazo sobre el pescuezo.

—Hombre—replicó la otra, alzando la cara llena de engrudo,—déjame echar un par de glarimucas tan siquiera: me paece que el caso bien lo pide... ¡y á ver si te estás quieto!

—Echa anque sea una azumbre de ellas, Narda; pero mejor juera que las echaras andando... ¡Mira que el tiempo va que vuela!... ¡mira que puede venir tu padre!...

—¡No me le mientes, Ceto, que con sólo alcordarme de cómo se pondrá!...