—Ya se ha hablao de eso: se pondrá ajumando y tocará las vigas con las uñas; pero dormirá á la noche la corajina, y acabará por hacerse á la gamella. Él necesita un hombre que le ayude: ¿qué más da que ese hombre sea yo ú que sea otro? En esto ya estábamos, Narda, y con too y con ello, bien firme dijistes que «cuanti más antes».
—Y te lo digo ahora... ¡Deja esas manos quietas!... ¡Cuidao que es mucho cuento!... Pero ponte en los casos, Ceto.
Ceto, con los hocicos engrudados, se volaba con aquellos reparos, porque el tiempo corría, corría... y Narda no acababa de arrojarse. Pasó así media hora: Ceto apremiando, ora con palabras, ora con pellizcos y manoseos, y Narda queriendo y aguantando, pero sin pasar de allí; hasta que, de pronto, alzaron los dos la cabeza en actitud de escuchar. Habían oído un chirrido lejano, lento, desconcertado y clamoroso: el cantar del carro de tío Luco. ¡Bien le conocían ellos!
—¿Qué dices ahora?—preguntó Ceto incorporándose.
Narda hizo lo propio. Miró á Ceto, á la masera, y á la lumbre sin borona, y al saco vacío, y se acordó del pajar, y de la bofetada siguiente, y de otras muchas más, y respondió resuelta:
—Que cuanti más antes.
Era, en efecto, el cantar del carro del tío Luco. Cuando éste notó que pasaba el tiempo y no asomaba por la portilla de la mies el de su compadre, comenzó á temer algo que le inquietó y le hizo echar las horconadas de hierba á escape y de cualquier modo. Por otra parte, las moscas no dejaban sosegar un instante á los bueyes, y se temía á cada momento un grave estropicio por este lado. Se abrevió, pues, la tarea cuanto se pudo; y después de bajarse la moza cargadora (que ordinariamente vuelve de la mies sobre la carga) por temor al posible percance; puesto tío Luco á la cabeza misma de los bueyes, á los cuales enderezaba piropos en dulce y cariñoso acento como si le entendieran, y yo creo que le entendían, y arrimados los demás obreros á ambos lados del carro con las rastrillas y los horcones alzados, por si había que apuntalarle en un balance demasiado brusco, comenzó la vuelta á casa atravesándose las praderas á buen andar, y cuando se llegó á la barriada, arrimándose los bueyes con ansia bravía á todos los bardales de los callejones, para rascarse el pellejo y espantarse las moscas que los acribillaban, con lo cual se peinó la carga algo más de lo conveniente; pero tío Luco no reparaba en ello, porque cuanto más se acercaba á su casa, más recio le golpeaban en la mollera los malos pensamientos.
Al llegar á la corralada, antes de arrimar el carro á la pared debajo del boquerón del pajar, llamó á Narda á gritos; pero nadie le respondió. La puerta estaba entreabierta. Lanzóse hacia allá desatinado; entró en casa de un brinco... y la soledad en ella. Sobre la mesa de la cocina estaba la masera rebosando de agua con harina, clara, muy clara, y debajo de la mesa el saco vacío; en el llar, las brasas apagándose, pero ni señal de borona cociéndose. Olía por allí á la peste de la pipa de Ceto.
—¡Ya me la hizo esa bribona!—fué lo primero que dijo, llevándose las manos á la cabeza.
Salió al corral, contó lo ocurrido, apuntó sus recelos, y pidió por Dios á los oyentes que le ayudaran á buscar á la pícara que tal vejez le preparaba.