—¡Mucho ojo á los maizales!—decía á la gente que ya se disponía á ayudarle en las pesquisas.—Onde veáis uno que se menea, golpe á él, que ellos ú otros tales serán, porque hoy no anda viento que vos engañe. Si hay una casa abierta, preguntar allí, y á los mesmos pájaros del aire que topéis al paso.
Se dejó el carro abandonado, y se dispersó la gente por la barriada. Tío Luco volvió á entrar en casa; lo registró todo, hasta el pajar y la cuadra... Silencio y soledad en todas partes.
Del vecino de enfrente sabía él que amparaba mucho á Baldragas. Vió una ventana abierta en su casa, y se resolvió á ir allá; pero dió primero unas vueltas por el huerto y alrededor del maizal colindante. Nada... Corrió entonces á la casa del vecino. La puerta cerrada. Saltó el portillo del huerto trasero, se encaró con la ventana abierta, escuchó un instante, y oyó hablar adentro. Llamó, y callaron las voces. Volvió á llamar... y á llamar... y á llamar, hasta que apareció en la ventana... ¡la aborrecida jeta de Baldragas!
—¿Ónde la tienes, bribón?—preguntóle, ronco de coraje, tío Luco.
—Onde usté no puede cogerla,—respondió muy fresco el preguntado, poniéndose de codos á la ventana.
—¡He de verte en presidio, tunante!... Y por lo que toca á ella, yo la alcontraré, por escondía que se halle...
—La ampara la Josticia, y no la verá usté el pelo hasta que el señor cura nos ponga bien á cubierto con agua bendita.
—¡Mal rayo vos parta, hijos de una...! ¡Ladrón!... ¡desalmá!
En esto se oyeron golpes y trastazos y como estruendo de cantos en revoltijo hacia el corral de Sarmientos. Miró Ceto desde la ventana, y gritó á tío Luco:
—¡Que mosquean las bestias!