Sin oir más, Sarmientos voló hacia su casa, con la cabeza al aire, la aguijada en la mano y la boca abierta. ¡El tábano la había hecho al fin! Los bueyes le habían sentido encima, y locos de furor tomaron la huida por derecho, atropellaron la paredilla seca del corral, rompióse allí el eje, volcó la balumba; y cada vez más locas las bestias, continuaban arrastrando la pértiga por la calleja, revolviendo los cantos del suelo y dejando, por señal de su carrera furiosa, montones empolvados de la carga...
Tío Luco, esparrancado en mitad de la calleja, con los pelos de punta y los brazos en alto, volviendo los ojos tan pronto á la casa del vecino como á los bueyes que se iban perdiendo de vista, clamaba con voz de espanto y desconsuelo:
—¡Ésta es la mi suerte! ¡Di ahora que no, compadre!... ¡No hay que darle güeltas!... ¡Lo esperaba yo, porque tenía que venir, y siempre jué lo mesmo! ¡La peste de mi casa!... ¡La ruina de mi hacienda! ¡La deshonra de mi sangre!... ¡El AGOSTO!... ¡El AGOSTO!...
NOTAS:
[2] Capítulo impuesto de un libro, muy lujoso por cierto, editado en Barcelona en 1889 por los Sres. Henrich y Compañía, con el título de Los meses.
EL ÓBOLO DE UN POBRE
EL ÓBOLO DE UN POBRE[3]
LEVABA en el bolsillo del chaquetón el oficio que acababa de recibir de la primera autoridad de la provincia. Se le encarecía mucho en él la necesidad de aprovechar el tiempo; se le hablaba de su «bien probado celo», de su «acreditada actividad», y de su «nunca desmentida abnegación en beneficio de los menesterosos». No estaba él muy seguro de haber dado motivo á la susodicha autoridad para afirmar tan en redondo todas estas cosas, aunque sí de ser tan hombre de bien y sano de entraña como el primero que se le pusiera delante, y de haber merecido de la bondad de Su Señoría, en los dos años no cabales que llevaba rigiendo la administración municipal de su pueblo, el favor de dos comisionados de apremio, con treinta reales de dietas, por deudas insignificantes del Ayuntamiento; pero cuando Su Señoría lo afirmaba de un modo tan terminante... Además, Su Señoría daba también por sentado que el alcalde estaría bien al corriente ya del «horrendo cataclismo» que había «casi borrado de la faz de la tierra española» dos «de las más ricas, bellas y celebradas provincias andaluzas»; y el alcalde no sabía jota de ello, ni aprenderlo podía en el vago, ampuloso y, para él, enrevesado contexto del oficio; ni creía que le sentaba bien á una persona erigida en autoridad, declararse oficialmente ignorante de sucesos que debían ser harto sabidos en el mundo; y como los últimos Boletines recibidos en el Ayuntamiento estaban intonsos aún en poder del secretario, acudió al señor cura en demanda de pormenores que le pusieran en autos; pero el señor cura, que en aquel instante iba muy de prisa á confesar á un feligrés moribundo, solamente pudo darle ligerísimas nociones, así de las causas, como de los efectos del cataclismo mencionado por el señor gobernador. Tampoco el médico, á quien el alcalde acudió en seguida de apartarse del párroco, fué muy pródigo en informes, porque iba, á todo el andar de su peludo tordillo, á visitar á un enfermo muy grave. Fortuna que el alcalde no se mamaba el dedo; y por ser así, creyó haber atrapado al aire el argumento de la cosa, y hasta consiguió encerrar en el saquillo de su memoria un buen acopio de «fuegos centrales», «fenómenos geológicos», «desprendimientos subterráneos», «gases comprimidos» y otros terminachos que le parecieron de perlas, y más de lo suficiente para dar en el acto cumplido desempeño al encargo que se servía encomendar Su Señoría á «su bien probado celo, acreditada actividad», etc., etc...