Porque «lo resultante, en finiquito», era, para él, que había muchos menesterosos de pan y de abrigo, «motivao al cateclismo», y que, por caridad de Dios, había que pedir de puerta en puerta una limosna para ellos. Recogiérase la limosna, que de cuenta de quien sabía más que él corría el hacerla llegar hasta los desgraciados.

Y tomó el palo en una mano; metió con la otra el oficio en la faltriquera y lanzóse, con el más sano de los propósitos, á recorrer el mísero, corto y escondido lugar de la montaña, casa por casa.

Así llegó á la de un su muy especial amigo, y además compadre.

—Ya sabrás á lo que vengo,—díjole en el soportal, donde le halló amañando un armón de la pértiga de su carro.

—Verdaderamente que no lo barrunto,—respondió el otro.

—Pues es motivao al cateclismo.

—¿Cate... qué?

—Cate... nada, hombre: que hay mucho probe enfermo y menesteroso que socorrer.

—¿En ónde?

—En la haz de lo más majo de Andalucía.