—No... porque le ocupa usted todo, le llena todo,—exclamé con vehemencia tal, que me valió el dulcísimo castigo de que sellara mi boca la tibia, fragante y suave mano de aquella sin igual mujer.

—Es decir—continuó ésta, bajando la voz y retirando su mano de mis labios convulsos,—hablando en castellano corriente, llamando á las cosas por su nombre, que usted... me quiere un poco...

—¡No!—la interrumpí, borracho de dulces emociones,—¡sino con toda mi alma, con toda mi vida, con todo el fervor de un corazón que siente esas cosas por primera vez!

—Sea así—repuso Clara,—y tanto mejor. Ya sabemos qué secretos eran los que intentaba descubrir en usted la mirada de mi amiga. Réstanos saber ahora si yo tenía otros idénticos que ocultar de ella... Apurado es el trance para mí; pero no he de tomarlo por pretexto para faltar á la palabra empeñada.

En este instante era yo todo ojos y oídos y nervios y ansiedad; todo menos un hombre en su cabal razón; y ¡qué demonio! el caso lo pedía. ¡Y precisamente fué este instante el escogido por el estúpido Manolo para acercarse á preguntar á su hermana si con el traje claro de camino jugaría mejor la corbata de piqué á lunares marrón, que la de granadina crema! Apartóse Clara repentinamente de mí en cuanto oyó los pasos de su hermano; y no sé qué sequedad le respondí cuando se llegó á saludarme. Clara, que estaba tan impaciente y tan contrariada como yo, despidióle lo antes y lo menos mal que pudo; pero apenas había salido de la sala, cuando apareció Pilita en ella, incrustada en revoques y postizos, juguetona, dengosa, impertinente, como niño mal educado que se sale con la suya.

Desde aquel momento todo fué ruido y movimiento allí. La doncella que entraba y salía, recogiendo cosas que había de llevarse después que se marcharan sus amos; la patrona que ayudaba á la doncella; el criado que servía á Manolo y dejaba sobre una silla el rollo de mantas, bastones y paraguas; las mil advertencias de Pilita á sus sirvientes, para entonces y para después; su incesante asedio á Clara para que concluyera de arreglarse; sus llamadas á Manolo para que hiciera lo mismo; la entrada de Manolo; sus cien preguntas impertinentes; sus cánticos inaguantables á la sordina; la lluvia de cumplidos falsos de él y de su madre conmigo: «la pena que sentían al separarse de un amigo tan excelente; que mejor haría en irme con ellos...» en fin, no se los podía aguantar en una situación de ánimo como la mía; sobre todo, desde que Clara, complaciendo á su madre, había entrado en el gabinete y me faltó el dulce recreo de sus furtivas miradas y el espectáculo de su presencia. Duró este barullo cerca de una hora, y terminó con otro mucho más estrepitoso, armado tan pronto como se supo que el coche esperaba en la calle.

¡El coche en la calle ya; Clara lejos de mí, y el punto sin resolver!

¡Cómo pintar la comezón, la impaciencia que me consumía y me llevaba de un lado para otro, pulverizando entre mis dedos las puntas de los bigotes, á fuerza de retorcerlos maquinalmente?

En tanto, Pilita y Manolo no cesaban de gritar ni de moverse.

—¡Acaba, hija mía!... ¡Clara, por Dios!... ¡que aguarda el coche!... ¡que nos espera Chuncha!... ¡que se hace tarde!... Pero ¿no vienes?... Pero ¿no acabas?...