Y vino al fin Clara. Traía sobre sus hombros una manteleta ó chal, ó no sé qué, pues nunca fuí gran inteligente en el ramo de indumentaria femenil; pero ello era cosa muy elegante y suelta, y entonaba muy bien con el resto del traje; y cubríala parte de la frente el mal recogido y tenue velo de gasa azul de su sombrero de paja, bajo cuyas dos aletas laterales, sujetas con ancha cinta anudada sobre la garganta, asomaban, trémulos y desmayados, los negros tirabuzones. Calzábase uno de los guantes con la otra mano, desnuda todavía. Pilita, al verla, argadillo y carraca á la vez, por lo que se movía y alborotaba, tocábalo todo, dejábalo después, empujaba á su hijo, cargábale con algo, descargábale de ello en seguida, endosábaselo á Clara; y que «vamos», y que «no olvidéis alguna cosa», y que «por aquí» y que «por allá». Nadie se movía con arte. Vino el criado y cargó con lo más voluminoso... ¡Y llegó el momento de salir!
Yo no sabía qué hacer. Miré á Clara, que estaba inalterable, y parecióme que me decía algo con los ojos; algo que se ajustaba perfectamente á mis deseos... ó que quise entender así. Lo cierto es que al ver que ella no se movía, híceme yo también el roncero.
—Vayan saliendo todos—dijo entonces,—que yo cuidaré de que nada se nos olvide.
Así hizo salir de la sala á su madre y á Manolo... Pero quedábase la doncella á su lado.
—Baje usted esto al coche—díjole en cuanto reparó en ella, entregándole... el cabás que ya tenía en la mano.
Nos quedamos solos, solos un instante, en un rinconcito de la sala. Después de convencerse de ello con una rápida mirada en su derredor, me tendió su mano desnuda; y al rumor de las voces de los que se alejaban por el tortuoso pasadizo, díjome, con el doble anhelo del interés y de la prisa:
—Me voy con la pena de no dejar á Madrid asegurado de ciertos peligros. Estas cosas no están bien afirmadas todavía. Puede reproducirse en las calles, á la hora menos pensada, algo como lo pasado. ¡Dios no lo permita!... ¡Pero si aconteciera!...
—¡Qué?—la interrumpí, admirado de tan extraño temor en aquel momento.
—Que basta ya de pruebas temerarias...
Creí comprenderla, y la dije, oprimiendo su mano palpitante entre las mías nerviosas: