—Antes, casi empujándome hacia esas aventuras; y ahora queriendo apartarme de ellas. ¿Por qué es eso, Clara? ¿Vale hoy mi vida más que valía ayer?

—Para mí, ¡sí!—respondió con la bravura de una pasión indómita;—¡porque ya es mía!... Por eso no quiero que se exponga... por eso exijo... ¡que no la pierdas!

¡Esto, todo esto cayó sobre mí, como si lo trajeran de repente los efluvios de una tempestad; y estalló en mis oídos y repercutió en mi corazón comprimido y en mi cerebro trastornado!... Y yo no hallé palabras con qué traducir mis ideas en tumulto, ni voz con qué formar las palabras; la luz de los ojos de aquella mujer irresistible me envolvía en su centelleo fascinador; veía el agitado ondular de su seno, y su boca estaba cerca de la mía... y aún nos acercamos más, porque un mismo impulso nos movió á los dos; y entonces mis labios, que no acertaban á modular una sílaba, sellaron en los suyos con fuego la respuesta.

Apartóse de mí con la fuerza y la velocidad del rayo; salió de la sala, y salí yo detrás, ciego, enloquecido...

¡Ay! ¡Aquella hermosa estatua; lo que yo creí, en un tiempo, frío y duro mármol, abrasaba!

XXVIII

Aquí comienza una nueva fase de mi vida, ó como ahora se dice, una nueva dirección en la órbita de mis pensamientos. Hasta aquí había sido yo dócil masa, ave sin rumbo, nave sin brújula; las olas y el viento me conducían, y la mano de la ciega casualidad me formaba á su antojo. Desde aquí, el pájaro no vuela al azar; la nave sigue su derrotero inalterable, y la masa tiene un molde á que se ajusta y acomoda. Se acabó el aventurero que vive de entusiasmos y borra sus impresiones de ayer con otras más recientes; que acopia sin codicia y esparce sin duelo, porque es errante peregrino, guíale la buena fortuna y aún no columbra el fin de la jornada. Ya es el hombre advertido y cauto, que se detiene y descansa, y reflexiona y consulta sus fuerzas, pues sabe adónde va.

Porque no podía resultar otra cosa de aquella despedida, de la ardorosa correspondencia que la siguió y de las reflexiones que me hice. Un solo camino vi que me llevara por donde tantos y tan imperiosos afanes hallaran el apetecido término; juzguéle llano y expedito, y propúseme lanzarme á él. Entonces ó nunca. Clara parecía haber hallado en mí el único hombre capaz de conmover su alma bravía; yo estaba loco por Clara; ella era hermosa, terriblemente hermosa; yo, amén de romántico admirador de lo excepcional y de lo dificultoso, gozaba á la sazón de los mimos de la fortuna, y podía, con esta prosa vil, alimentar el idilio de mis amores con algo más que pan y cebolla. Repito que entonces ó nunca. Opté por lo primero; y desde aquel instante remaché, con un propósito firme, las cadenas con que me sentía ligado á Clara desde nuestra separación. Á la fuerza de su atracción obedecen ya todos mis pensamientos, en su derredor giran, hacia ella van, de ella vienen, de su calor se nutren y con su luz se iluminan...