Sin embargo, la pasión no me quitó conocimiento, quizá porque la memoria es la potencia del alma más al abrigo de las tempestades del corazón; y en mi memoria estaban impresas, una por una, todas las palabras de la historia que me había contado Matica de la hija del desbravador andaluz y de su aprovechado marido. Pero ¿y qué? Suponiendo que aquella historia fuera la pura verdad, ¿tenía algo que ver la hija con las debilidades de los padres? Y aunque lo tuviera: la que más limpia se juzgase de esas máculas, ¿se atrevería á gritarlo muy recio en la Puerta del Sol, sin miedo de que le sellara la boca algún inesperado testimonio de lo contrario?

Á un razonamiento semejante sometí los fresquísimos recuerdos de las causas en que se fundaba el odio popular á Valenzuela. Esto, por lo que respecta al posse del asunto. Por lo que hace al cuándo, ya me parecieron más atendibles aquellos precedentes, por lo mal que se acomodaban con mis flamantes títulos de revolucionario de nota. La soldadura de ambos apellidos no podía lograrse en aquellos días, sin un estruendo que despertara los adormecidos odios y expusiera á muy rudas y peligrosas pruebas el temple de mi buena fortuna. Cierto que, mirando el asunto por la cara buena, para lavar originarios pecados de polaquería, ningún Jordán como yo en aquel entonces; pero en la duda sobre la eficacia del lavatorio, ¿cuánto mejor era poner la confianza en la voluble condición del populacho y aguardar á que el río de sus iras se encauzara y tornara á correr manso y tranquilo, como correría en breve si el empuje de alguna imprudencia ó de alguna debilidad del Gobierno imperante no le embravecía de nuevo?

No se diga tan mal de mi cordura, cuando á tales reflexiones me entregaba en medio de la amorosa fiebre que me consumía... Verdad que más cuerdo hubiera sido no ponerme en ocasión de entregarme á ellas, y mucho más cuerdo todavía someter la enfermedad determinante de la ocasión á un tratamiento racional, antes de declararme vencido por ella; mas para todo esto era preciso que Clara hubiera sido una mujer como todas las demás, y yo un «apreciable joven» que andaba á caza de gangas; en el cual caso ni hubiera acontecido lo que aconteció, ni me hubiera sobrevenido la fiebre, ni yo hubiera tenido que pensar en el modo de curarme de ella.

El trance mío era un trance verdaderamente excepcional: excepcional por la rapidez y extrañeza de los sucesos que me habían colocado en él; por la índole singularísima de Clara; por la misma frescura y virginidad de mi pasión, y excepcionalmente tenía que resolverse, y no por los trámites usuales en todos los compromisos que llegan por sus pasos contados y se acomodan á la estrechez de las argucias retóricas, ó pueden reducirse á fríos cálculos de aritmética.

Apuntaban ya las primeras destemplanzas del invierno, cuando volvió á Madrid la familia Valenzuela; pero no á la calle del Príncipe, sino á otra bastante más retirada. Había aconsejado yo este cambio de domicilio en mi constante propósito de alejar del olfato populachero todo rastro que pudiera inspirar malas tentaciones, á la hora menos pensada. Yo mismo busqué la nueva habitación por encargo de Clara; y, por su encargo también, dirigí los mecánicos trabajos de la mudanza.

Cuando la enteré de que iban á comenzarse, «cuídame mucho», me escribió, «mi tocador Luis XV, mi mecedora japonesa, mi escritorio de ébano...». Y así iba, la condenada de ella, enumerándome los muebles y objetos de su uso particularísimo, como si se anticipara á satisfacer la ardiente curiosidad que yo sentí al entrar en la abandonada vivienda, ó supiera las extrañas impresiones que produce en un hombre enamorado la contemplación del aposento de la mujer amada, y se complaciera en obligarme á preguntar por el suyo, por si no se me había ocurrido á mí.

¡Con qué celo tan pegajoso y hasta impertinente cumplí su encargo! No me hartaba de resobar aquéllos tan varios como innumerables, lindos y elocuentes trastos y cachivaches, en los cuales me era lícito poner las manos.

Solamente las mías se emplearon en acomodarlos en el gabinete de la nueva casa, elegido por Clara en presencia de un planito muy curioso que yo le tracé en una carta. No sé qué tal me porté en aquel empeño, pues á pesar de poner en él los cinco sentidos y tener en la memoria el orden de colocación anterior de las mismas cosas, todo era de temer en un hombre tan desmañado como yo; pero lo esencial era hacerlo al gusto de Clara; y lo que es eso, vive Dios que lo conseguí, con pruebas sobre el terreno.

Pues á pesar de todas éstas y otras minuciosidades íntimas, señal de la perfecta concordancia de nuestros amorosos ímpetus, nada la hablé del transcendental propósito formado por mí durante su ausencia; no porque me arrepintiera de haberle formado ni por temor de que no se aceptara, sino porque me complacía yo en saborear gota á gota todas las dulzuras de aquel trámite antes de pasar á otro nuevo.

En esto, me ofreció la fortuna otro testimonio de que no se cansaba de empujarme hacia arriba. El Ministro de la Gobernación, después de encarecerme mucho la necesidad de llevar al Congreso hombres notoriamente identificados con el nuevo orden de cosas; de prestigio revolucionario y mimados del aura popular, me brindó con un distrito, garantizándome el triunfo en él.