Confieso que me tentó mucho la oferta; pero no llegó á cegarme. Aunque tenía formado mi juicio sobre el caso, le consulté con Clara. Para ella vivía ya, con sus ojos miraba y con su entendimiento discurría, y nada podía ser de mi gusto si no se acomodaba rigorosamente al suyo.
En su opinión, la tribuna del Congreso era algo más seria que la de la plaza pública. Siendo yo diputado, estaba en la obligación, por mis antecedentes oratorios, de tomar parte muy activa en los debates políticos; y era muy probable que, por la extrañeza del lugar ó por la calidad y destreza de mis adversarios, y, sobre todo, por desconocimiento del asunto, hiciera allí un triste papel y me pisotearan los laureles ganados y la fama adquirida entre las turbas amotinadas, en los apasionados debates del club y en los corrillos de las plazuelas. Más adelante, con algún conocimiento del teatro y mejor estudio del papel, era cuando debía yo aspirar al aplauso de que me hacían merecedor mis excepcionales dotes de tribuno.
Exactamente lo mismo que yo pensaba, y lo propio que me dijo Matica al otro día al saber de mi boca que no había querido aceptar la oferta del ministro. Verdad que se asombró de éste mi rasgo de cordura tan poco frecuente entre los castizos españoles, y, sobre todo, á mi edad y en circunstancias tan tentadoras como las que me rodeaban; pero más asombrado estaba yo, por conocer la fuerza del hechizo que á tan insólitas abnegaciones me conducía, sin amago de resistencia ni asomo de disgusto.
Estos tranquilos y sazonados testimonios del interés con que ligaba Clara su atención á todos mis asuntos personalísimos, me enloquecían mucho más que sus apasionados abandonos; y como nada me quedaba ya que saborear en el trámite de las protestas mutuas y de las confianzas íntimas en que vivimos durante un mes, aventuré la declaración de mi arraigado propósito transcendental, en los términos menos prosaicos y ramplones que pude, de manera que resultaran, más bien que comienzo en seco de un nuevo capítulo, tintas vagas, palabras decorativas del fin del anterior. La necesidad me hizo conocer entonces que con una mujer de tan buen gusto como aquélla, aun ofreciéndola lo mismo que desea, puede perderse todo lo ganado en su estimación. Cuestión de estilo y de oportunidad. Á mí me salió tal cual la oferta.
No le dió la menor importancia; como no se le da á lo que se espera y se ve llegar á su debido tiempo. Así es que, para ella, este punto de nuestro amoroso empeño parecía un punto secundario: le trató con la mayor frescura.
—No hay que pensar en eso por ahora,—me dijo al último.
Y tras esto, me expuso las mismas razones que yo tuve, cuando se me metió entre los cascos el propósito, para aplazar su ejecución hasta más allá de mis deseos; y aun me añadió otras de puro respeto á la excepcional y medio luctuosa situación de su familia, que me parecieron muy cuerdas y atendibles. Por conclusión me dijo:
—Ó estas cosas políticas se encarrilan pronto, ó se van por la posta. De cualquier modo, el juicio, si no el cansancio, ha de imponerse á las malas pasiones; hará el olvido lo que no haga la justicia con los ausentes; y si éstos no vuelven todavía, para entonces habrá llegado la primavera, que es la estación de las flores, de los pájaros... y de los nidos.
Cómo pronunció esta palabra su boca y qué acento la dieron sus ojos, el demonio que lo pinte: yo me declaro incapaz de ello, no obstante la exactitud con que guardo en la memoria la eléctrica impresión que me produjo aquel conjunto diabólico de sonidos, de fulgores y de malicia. La eternidad me parecieron entonces los pocos meses que me separaban de aquella primavera africana, de tal modo prometida.
Al otro día escribí á mi padre, sometiendo á su parecer el punto, en abstracto, de mi posible casamiento.