Cumplí como un bravo mi cometido, y me asombré como nunca de la insubstancialidad de aquella mujer, que ni siquiera supo disimular la poca gracia que le hacía el ingreso de un hombre de tan poca sociedad como yo, en una familia tan coruscante como la suya. Así traduje sus gestos empalagosos, y los cuatro siseos y la media docena escasa de monosílabos con que respondió, con la cabeza entornada y los ojos fruncidos, á mi demanda cortés. Llamó á Clara; enteróla solemnemente de mis pretensiones, como si las dos no las conocieran tan bien como yo; y á pique nos vimos todos, por la simplicidad de la madre y el malicioso mirar de la hija al encararse conmigo, de que tocara en lo bufo aquella singular escena dirigida por la cómica gravedad de Pilita.

La contestación de Valenzuela llegó á vuelta de correo. ¡Tenía que ver! De todo me hablaba en ella: de la revolución; de sus injusticias con los hombres necesarios, íntegros y abnegados como él; del día no lejano de las grandes reparaciones; del «pan del ostracismo»; de la nostalgia de la patria querida y de la familia adorada; de la política de Espartero y del abrazo de O'Donnell...

Al fin respondía á mi instancia, otorgándome el solicitado consentimiento, ya que en ello se cifraba la felicidad de su hija; rogábame que continuara yo siendo el amparo de toda su familia mientras él se viera obligado, por la maldad de los hombres, á gemir, pobre y calumniado, en lejana tierra extranjera; y para compartir conmigo el peso de la carga que echaba sobre mis hombros, anticipábame gustosísimo... su paternal bendición.

Con esto quedó definitivamente rematado el asunto aquella misma noche, y acordada la boda para los primeros días de mayo; pero sin ruido ni ostentación, en la intimidad del hogar, como si nada extraordinario aconteciera. Ni aconsejada por mí hubiera la necesidad dispuesto estas cosas más al gusto de mis deseos.

Y para que todo anduviera á la medida de ellos en tan venturosos instantes, al otro día votaron las Cortes una pensión á la huérfana de don Serafín Balduque, «veterano servidor de la patria, perseguido durante su larga carrera por los rencores y las injusticias de los tiranos, y muerto heroicamente en lo alto de una barricada, proclamando á gritos la santa causa de la libertad y de la justicia». Este fué el tema, suministrado por mí, de acuerdo con el ministro, del discurso con que ganó el pleito el diputado de mejores pulmones que hallamos en la mayoría. Así es que se votó la proposición de ley sin el más leve tropiezo.

Aquel mismo día era el elegido por mí para dar, en confianza, parte de mi casamiento á los amigos de mi mayor intimidad. Pensaba comenzar por Carmen. ¡Qué ocasión tan oportuna para llevarle la noticia del acuerdo tomado por las Cortes! ¡Dos alegrías á un tiempo para la pobrecita! Bien las necesitaba; pues aunque ya se sonreía algunas veces hablando conmigo, señal era, más que de estar libre de la carga de pesadumbres, de irse acostumbrando á ella. Fuíme á su casa.

Temiendo que se malograra el intento de la pensión, nunca la había dicho una palabra acerca de ella. La noticia, pues, tenía que causarle una gratísima sorpresa. Gozándome yo en considerarlo, díjele por entrar:

—Hoy es día de grandes acontecimientos, Carmen.

Y en seguida la hablé del que más la interesaba. No me habían engañado mis presunciones: la noticia le produjo una verdadera alegría; yo la sentí mayor al observarlo. Quica, que se hallaba presente, la abrazó, haciendo pucheros y sorbiendo lágrimas. Después me preguntó Carmen:

—Y ¿por qué el Congreso se ha acordado de mí?