—Porque... porque Dios lo ha querido,—respondí yo.
—Cierto—me replicó ella;—pero de alguien se habrá valido acá abajo...
—Se supone; pero ¿qué más da eso?
—¡Mucho!—me contestó resuelta; y añadió, mirándome con una valentía inusitada en ella:—¿Por qué he de privarme del gusto de saber que es usted quien me ha hecho tan grande beneficio?
—Porque no es eso enteramente la verdad—repuse.—Cierto que yo recomendé el asunto al diputado que le trató en las Cortes, y que antes obtuve el beneplácito del ministro, y que... Pero, al fin y al cabo, ese recurso fué uno entre los muchos propuestos por varios amigos míos y de usted, animados de las mismas intenciones que yo. Luego no es á mí sólo á quien tiene usted que agradecer esa verdadera reparación de agravios debida por el Estado á un servidor tan antiguo, benemérito y mal recompensado como el pobre don Serafín.
Como observé que la entretenía mucho hablar de estas cosas, seguí la conversación hasta agotar la materia. Entonces, contando con que iba á procurarle una nueva satisfacción,
—Vaya—le dije,—la segunda noticia del día.
Y en seguida la di, en crudo, la de mi casamiento. Le causó el mismo efecto que el estallido inesperado de una bomba: un sacudimiento convulsivo de pies á cabeza; palidez repentina del semblante; la vista, entre asombrada y de espanto. Entendí que la acometía algún acceso mortal, y miré á Quica alarmado. Estaba peor que su ama: boca, narices, ojos... todas y cada una de las partes de su cara se habían inflado de repente, y se movían, y se juntaban, y volvían á separarse, contraíanse y se alzaban, como vejiga á medio henchir entre manos infantiles; hasta que, al empuje de dos sollozos histéricos, brotaron arroyos de los ojuelos fruncidos, y fué un charco de lágrimas toda la faz.
Para impresión de alegría, me pareció demasiado todo aquello. Volví á mirar á Carmen, y ya la hallé más serena.
—Esa boba—me dijo, con voz insegura,—todo lo convierte en llanto: el mismo efecto le causa lo alegre que lo triste.