Á pique estuve de decirla: «no, pues en usted tampoco varían gran cosa esas señales». Y como á las rarezas de Quica se agarró con notoria terquedad para tema de nuestra escasa conversación, y ni siquiera se le ocurrió preguntarme con quién me casaba, no traté de volver el diálogo hacia ese lado; y me despedí bien pronto, un poquillo resentido de que con tal indiferencia se recibiera en aquella casa la noticia de un acontecimiento que tanto me interesaba á mí.
La tal noticia estaba de malas aquel día. Después de dársela á Carmen, se la di á Matica; y también se quedó hecho una estatua al saber con quién me casaba. Cierto que para explicar la sorpresa y el pasmo de este amigo existía el antecedente de los horrores que me había contado de toda la casta de mi novia; pero así y todo, para un hombre de las malicias, del talento y de los recursos de Matica, aun en trances más apurados que el en que yo le puse con la noticia, era demasiado pasmo el suyo.
—¡Ah! si conocieras á Clara más de cerca, ¡de qué diverso modo procederías!—pensaba yo caminando hacia su casa.
Y con esto me tranquilizaba.
Con Redondo, en cuyo periódico escribía yo artículos de política muy á menudo, reñí de veras; porque su odio de sectario á los enemigos de la libertad, y en especial á Valenzuela, se extendía implacable hasta más allá de la cuarta generación de los odiados y de cuanto les perteneciera. Me dijo muchas barbaridades en respuesta á la noticia que le di en confianza.
El ministro se hizo cruces; pero éste, lo mismo que los amigos á quienes fuí dando en secreto la noticia, hallaban la justificación del caso en los novelescos sucesos de marras, bien conocidos en Madrid, y en la afamada, excepcional belleza de la heroína.
Á este solo dato se agarraron los estudiantes mis paisanos (con quienes no vivía yo desde que era alto funcionario de la nación) para colmarme de enhorabuenas. Uno de ellos la conocía de vista, y se la dió en el acto á conocer á los demás en un retrato que les hizo en cuatro frases al fuego y media docena de expresivos trazos en el aire, con las dos manos á la vez. Todos se declararon polacos de la hija de Valenzuela. Esto ocurría de sobremesa, y hasta la patrona se llegó á brindar por su hermosa pupila. Pagaba yo el agasajo, y duró el jolgorio largas horas. Un teólogo recién llegado del seminario de Toledo, donde estudiaba (hoy ejemplar sacerdote y elocuentísimo orador sagrado), al son de la bandurria, que tañía admirablemente, improvisó unas aleluyas epitalámicas, en montañés callealtero, que fueron el más sabroso y regocijado remate que podía darse á una fiesta como aquélla. Juráronme todos guardar el secreto de la noticia; y chacun par son côté, como dijo uno de los presentes, al separarnos, y lo dice todavía en casos parecidos; mozo entonces aspirante á boticario en una farmacia de la calle del Príncipe; dirimidor más tarde de pleitos internacionales en Marruecos; hoy casi viejo notario de la villa cercana, y padre venturoso de no sé cuántos «lactantes».
Á pocos más que á éstos y á aquellos amigos y compañeros confié el secreto de mis acordadas bodas. Con las mismas precauciones las había anunciado mi padre en la Montaña. Escribíame el santo varón lamentándose de no poder asistir personalmente á ellas, por lo avanzado de su edad y lo penoso del camino; y yo, que no se lo había propuesto, no por olvido ni por falta de ganas de verle á mi lado, sino por muy fundados recelos de otra especie, sospechaba que me lo decía por tirarme de la lengua. Busqué con discreción el parecer de Clara, y conocí, por los síntomas, que era opuesto al mío. Me causó honda pena el descubrimiento. Cierto que tampoco su padre asistiría y que el acto había de celebrarse con la mayor reserva posible; pero yo no hablaba de Valenzuela con su hija con el despego y la frialdad que Clara al mencionar entre dientes al pobre hidalgo que se desvivía por ella. «Cuestión de temperamento; resabios de la corte»,—decíame á mí propio.
Y así daba á las cosas que no me agradaban de pronto (y que no dejaban de abundar en aquella casa), el aspecto que más convenía á la ceguedad de mi pasión.
Entre tanto, los días iban pasando, y yo contemplaba, mudo y electrizado, cómo en el gabinete más espacioso de la casa se renovaba todo su contenido, y se entretejían y barajaban muebles y cachivaches que yo llamaría, si se me permitiera, masculinos y femeninos, con algún otro, más importante, del género común de dos; pasaba diaria revista á los regalos que hacían á Clara sus amigos y los míos; le enseñaba los recibidos por mí, que no eran muchos, y nos regalábamos mutuamente tal cual alhaja y muchas miradas y muchas promesas, cada cual en su estilo: yo siempre verboso y apasionado; ella serena y fría, pero dando las lumbres á tiempo como los pedernales...