—¡Sí, á fuerza de escondernos, de encerrarnos, como si hubiéramos robado la tienda de la esquina!... ¡Hijo, que también se cansa una de tan largo cautiverio, y desea aire libre y movimiento... y sociedad!

—Pues á ese recogimiento deben ustedes la tranquilidad con que viven á estas horas. Déjenle de repente, y aparezca mi mujer en primera fila ostentando los relumbrones del cargo de su marido, y se excitará la curiosidad pública; y unos dirán que blanco, y otros que negro; y lo olvidado reaparecerá...

—¡En provincias?... ¡Inocente!

—En provincias, señora, se toman esas cosas más por lo serio que en Madrid... Además, yo no entiendo jota del papel que entonces me correspondería desempeñar; me falta la experiencia; soy un recién llegado al campo de la política... y luego es oficio caro: exige una ostentación que no cabe en el sueldo que dan por ejercerle...

—¡Hijo! ¿También eres de los que suman y restan los dineros?

—Señora, yo no sé que los dineros tengan la propiedad de estirarse á capricho de la necesidad; y no teniéndola, no conozco otro modo de vivir sin trampas y con sosiego.

—¡Bah! déjate de boberías y de ranciedades de antaño, y aprovecha esa ocasión de dar á tu mujer el brillo que merece. «¡La señora del gobernador civil de una provincia de primer orden!» Compárame esto con «la mujer de un empleado del ministerio de la Gobernación»; y si no salta á tus ojos la diferencia, te digo que no tienes sangre.

—Pues precisamente porque la tengo y veo esa diferencia, pienso como pienso.

—¡Y dígote! Una capital de puerto de mar; y el verano asomando, ¡con unos calores que nos matarán en este Madrid de fuego! Hasta por la salud, hombre, hasta por la salud nos conviene ese cambio de destino.

—¡Ah! si sólo por esa razón me lo aconsejara usted, ¡qué fácil me sería arreglar las cosas de modo que todos quedáramos contentos!