—¿De qué modo, hijo?

—Trasladándonos á un hermoso rinconcito de la Montaña; junto á las olas del mar, donde está la casa de mi padre; donde conocí á Clara...

—¡Puff!... ¡la rustiquez de la aldea, con sus puercos callejones y sus lagartos y sus gentuzas con remiendos! Quita, quita, hijo, que entre morir allí de espanto y de tristeza, y asarme aquí de calor, prefiero esto, que, cuando menos, está bien acompañado... ¿Y tú serías capaz de ir con gusto, ahora que estás casado, á meterte en aquellas espantosas escabrosidades?

—¡Cómo puede usted dudarlo siquiera?

—En fin, hijo... allá os las avengáis; que, después de todo, yo no sé por qué tomo tan á pechos asuntos que no son míos. Ahí está tu mujer oyéndonos, sin desplegar los labios: que diga lo que le parece, si le acomoda, que con ella va el cuento más que conmigo.

Esto acontecía tres semanas después de mi casamiento; á los ocho días de haberme manifestado Pilita deseos de que trocara mi destino de Madrid por el cargo de gobernador de provincia, y á las pocas horas de haber preguntado al ministro, por mera curiosidad, si eso era posible, y de saber que en mi mano estaba el ir á desempeñar un gobierno de primera clase en una capital del Mediterráneo. Andaba allí el partido de opinión caliente algo soliviantado; y nadie para traerle á mandamiento como un hombre de mi prestigio revolucionario. Tuve la debilidad de referirlo así en mi casa, y se declaró al instante empeñada porfía lo que en días atrás no había pasado de insinuaciones leves de Pilita, con sospechas en mí de que fueran hijas de la intención de Clara.

Respondió ésta al llamamiento de su madre arrimándose á mí, por de pronto; quitándome después unas pelusillas de la barba, y, por último, con estas palabras, sin dejar de manosearme donde le parecía mejor:

—Yo creo que todo puede arreglarse de modo que tú (señalando á su madre) quedes contenta, y tú (por mí) muy satisfecho.

—¿Y tú?—la pregunté.

—Estando contentos vosotros, ¿cómo no he de estarlo yo?—respondióme al punto.