—Pues veamos tu plan,—dije.

—Complace á mamá haciéndote gobernador, y vete á pasar unos días con tu padre á la Montaña, antes de tomar posesión de tu gobierno.

Cuando así me hablaba, debía yo tener algo entre el cuello de la camisa y el cerviguillo, porque por allí andaba su mano haciéndome cosquillas.

—¿Estás convencida de que eso es lo más conveniente?—la pregunté, bajando un poquito la cabeza para que me rascara más adentro.

—Lo estoy,—me respondió sin vacilar y manoseando lo que yo quería.

—Pues sea,—concluí, á ciencia y conciencia de que hacía un desatino dejándome vencer en aquella notoria conspiración doméstica.

Poco después entró el aparatoso Barrientos, que menudeaba bastante las visitas á mi nueva familia: dejéle con ella, y me fuí á ver al ministro.

—Acepto el gobierno—le dije;—pero le advierto á usted que no respondo de desempeñarlo bien. Nunca las vi más gordas.

—¿Es usted capaz de tenerme á raya aquellas gentes?—me preguntó.

—Eso sí—respondíle sin titubear;—pero exige el cargo otros requisitos delicados para la buena administración...