—¡Bah!... ¿quién piensa en eso? Yo le daré á usted un secretario que le saque de toda clase de ahogos.

—Pues adelante.

—Mañana se extenderá el nombramiento.

—Necesito quince días de licencia para ir á la Montaña á dar un abrazo á mi padre.

—No estorba lo uno á lo otro: irá usted á su tierra con el carácter de gobernador electo.

Y en ello quedamos. Referílo después en casa; y ¡qué noche de júbilo en ella, y qué!...

Al otro día llamé al sastre y al zapatero, y les di que hacer para dos semanas. Mi mujer y su madre llamaron á la modista: no quise averiguar para qué, porque lo presumía y me daba miedo.

Por la noche todos los periódicos daban cuenta de mi nombramiento de gobernador de la provincia de... unos aplaudiéndolo y otros maltratándome. Lo de costumbre.

Al día siguiente salí para la Montaña, después de haberme despedido en el patio de las Peninsulares más de dos docenas de personajes de la situación. También esto lo contaron los periódicos de la casa, con grandes ponderaciones, como supe después. ¡Válgame el Señor! Menos de tres años antes había llegado yo á aquel mismo patio, solo, pobre y desconocido. ¿Qué virtudes había en mí para haber adelantado tanto camino en tan poco tiempo?

Esto me preguntaba á mí mismo mientras rodaba la diligencia hacia la Puerta de Hierro. Cuando se perdió bajo las arboledas del puente de San Fernando, y, por verlas, me acordé de las de mi lugar, y de mi padre, y de la sosegada vida campestre, y con ello rompí, por un instante, la misteriosa cadena que me llevaba unido al agitado mundo que dejaba atrás.