—Ninguna—me respondí con profundo convencimiento.—Un soplo de la fortuna me encumbró. Otro puede derribarme á la hora menos pensada... ¿Qué será de mí entonces?

Y como me acordé de muchas cosas que me asustaron por primera vez, porque nunca las había desmenuzado seriamente con la razón oreada por las brisas del campo, aparté el pensamiento de ellas y le puse en el término de mi viaje, por ser el negocio que más me interesaba á la sazón. También me acordaba mucho de la familia Balduque, cuya compañía me había hecho hasta placentero aquel triste camino que iba recorriendo; del pobre don Serafín, tan lleno de vida entonces, y después... ¡qué recuerdo!; de Carmen; de su mirar dulce; de su boca risueña; de su casta frescura; de sus bondades conmigo; de sus incesantes atenciones mientras me dió hospitalidad en su casa; de sus penas horribles poco después; de su triste luto... y, sobre todo, de la extraña impresión que le produjo la noticia de mi casamiento... ¿Por qué?

Y aquí las brisas campestres, llevándose otras brumas de mi cerebro enfermizo, dejáronme empeñado en las más inesperadas cavilaciones. No quiero decir á qué género de razonamientos me arrastraron éstas, ni recordar la lucha que emprendí con ellos en mi propósito de arrojarlos de un terreno donde, en buena justicia, no podían entrar ya. ¡Es increíble lo que influye el punto de vista en el conocimiento de las cosas!

Dos días después dejaba la diligencia al llegar á la villa de marras. Aguardábanme allí mi padre, el señor cura, mi cuñado el procurador, el nuevo alcalde del lugar, el de la villa con tres concejales, diez notables y el comandante de la milicia; una murga que me disparó á quemarropa el himno de Riego, no bien pisé el camino real, y más de cincuenta curiosos que acudían á la novedad de la escena. Lloraba mi padre de gusto, y casi llorando yo también de alegría, abrazámonos muchas veces, sin llegar á soltarnos del todo hasta la última. Abracé después á mi cuñado y al cura, y á todo el que se me puso por delante. Aguanté un discurso del alcalde de la villa en nombre de todos los agrupados en su derredor, y le solté en pago otro que los dejó aturdidos y me valió un aplauso de la concurrencia, y otra explosión de la murga con el himno de Espartero.

En el mesón contiguo se había dispuesto un ligero agasajo en mi obsequio, y no le desairé: componíase de almendras garapiñadas, cortadillos de vino blanco y bizcochos de soletilla. Hice un regular consumo de todo, y mucho más de palabras, porque entre aquellos señores cada sorbo era ocasión de un brindis «al valeroso defensor de la causa de la libertad», y yo no quería pecar de descortés. La murga, entre tanto, no bien dejaba un himno, la emprendía con el otro; ellos eran tres: los dos del principio y el de Vargas. No sabía más. Mi padre estaba aturdido, y el cura en ascuas, en medio de una atmósfera tan patriotera. Después de todo, ellos tenían la mayor parte de la culpa de lo que estaba pasando, por no haber hecho otra cosa, desde el amanecer, que andarse por la villa contando á todo el mundo que habían ido á recibirme. El resto fué obra de los periódicos llegados la víspera, en los cuales se daba la noticia de mi nombramiento de gobernador de... y la de mi salida para la Montaña.

Al fin se acabó aquello; y cabalgando en el jamelgo que me tenían preparado, entre mi padre y el cura, al frente de una comitiva numerosa de pardillos y señoretes que nos acompañó un buen trecho, salí para mi lugar, donde fuí recibido con repique de campanas, tiros de escopeta (entonces eran raros los cohetes en los pueblos), y cantándome las mozas al son de las panderetas... Igual que al Obispo.

Desde el día siguiente comenzaron á regalarme pollos todas las vecinas del pueblo que los tenían, y á echarme memoriales sus padres ó sus maridos. Me creían capaz de los imposibles aquellas pobres gentes, y á mi poder acudían con las pretensiones más extrañas. En fin, se corrió que mi mujer había resultado de la familia real, y que si yo me volvía tan pronto á la corte, era porque la Reina se iba á Aranjuez, y mientras allá estuviera, tenía yo que quedar en Madrid haciendo sus veces.

¿Y mi padre? ¡Dioses inmortales! No se quitaba de encima el vestido bueno, ni se hartaba de oirme, de contemplarme... de admirarme. No le cabía en casa ni en la calle; andaba inapetente, y creo que se pasaba las noches en vilo.

—¿Y los Garcías?—le pregunté una vez.—No los veo por ahí.

Hizo un gesto violentísimo, en el cual se pintaban á un tiempo el asco, el desprecio y la conmiseración; y me respondió dando una rabonada con la levita: