—¡Quién piensa ya en los Garcías? Eso acabó para siempre. Era polvo indecente, y está donde debe estar: bajo mis zapatos.

Después escupió recio y me habló de mi mujer, cuyo retrato le había regalado yo; y de su consuegro, el excelso don Augusto, como él le llamaba. ¡Cuánto sentía que Clara no me hubiera acompañado en el viaje! ¡Y con qué facilidad creyó todo lo que inventé para demostrarle que más lo había sentido ella!... Lo de mi gobierno, verdaderamente le hinchaba de satisfacción.

—¡Eso se llama ser algo, Pedro!—me decía temblando de orgullo,—y no esta... En fin, no quiero hablar.

Y así todos los días. Mis hermanas me visitaban mucho, y también sus maridos y sus respectivas proles. Por cierto que no eran aquéllas tan crédulas como su padre en lo tocante al apego de mi mujer á la familia de su marido. Achacábanla pecados de orgullo, y á mí me dolía el supuesto, acaso porque era verdad.

Felizmente no abundaban las ocasiones de hablar de estas cosas, porque apenas me alcanzaba el tiempo robado al descanso para correr al aire libre y atender á las impertinentes visitas que recibía, sin punto de sosiego, de las gentes más extrañas. Media comarca me visitó: el indianete del lugar vecino; la comisión del ayuntamiento liberal de allá; el presidente del Casino progresista de acullá; el capitán de los voluntarios de aquende, incorporados al batallón de Nacionales de allende; el delegado de los patriotas de Pedregales; Patricio Rigüelta el de Coteruco... ¡qué sé yo!; y por último, el presidente, el secretario y tres concejales del municipio de la villa, con el testimonio, en papel marquilla con orlas de cisquero, de la sesión en que se me declaró hijo adoptivo de aquélla, «en premio á mis extraordinarios servicios prestados á la causa de la libertad y del progreso». Esta visita me costó una comida, tres discursos y un fortísimo dolor de cabeza.

Un hecho curioso: no salía una vez á la calle sin acercarme al viejo caserón de mi suegro. Allí había conocido á Clara, y, sin embargo, me entristecía contemplando sus macizos paredones; y viendo con la imaginación, á través de ellos, vagar silenciosa por sus obscuros pasadizos la enfermiza figura de Clara, con su bata blanca, sus cabellos desprendidos y sus rasgados, negros y centelleantes ojos, muda, pero terrible, como Magdalena Usher en el lóbrego subterráneo de su ruinoso castillo, hasta sentía una penosa impresión de frío en el alma, como si tuviera miedo.

Trataba de desvanecerle considerándola á más risueña luz: desde que la vi en los salones madrileños embelleciéndose poco á poco, hasta que en el colmo de su incitante y singular hermosura me admiró como á un héroe y me aceptó por marido; pero al recorrer de este modo los trámites de ésta tan breve como agitada historia de mis primeros amores, echaba de ver que todo era en ellos fuego que aniquila y consume aquello mismo que le alimenta: no el suave calor que atrae y vivifica, aliento de dos almas que se buscan, se unen y se compenetran para no separarse jamás; y por la propia virtud de mis razonamientos, se borraba de mi memoria la imagen provocativa y sensual de mi mujer en sus íntimos abandonos, y surgía en su lugar la yerta, solitaria, seca y bravía figura de la enfermiza hija de Valenzuela, olvidada en aquellos vacíos y destartalados aposentos, como si á ella, insensible y descorazonada, estuvieran ligados mis destinos, y no á la briosa hermosura que inspiró mis hazañas de forajido.

Llamaba yo á estas visiones «resabios de mi fantasía»; pero fantástico ó no, el cuadro me hacía muy poca gracia cada vez que le contemplaba, y le contemplaba muchas veces.

Fué la única nube que turbó un poco el sereno cielo de mi espíritu durante los breves días que estuve en mi lugar.

Llegó el de marcharme; y á deshora y por caminos desusados, salí á tomar la diligencia donde no me conociera nadie. Dejé á mi padre y la aldea natal con una pena que no puede describirse; y era muy de notar que esta pena, lejos de calmarse, se agravaba á medida que iba aproximándome á Madrid. Más que el pájaro que vuela hacia su nido, parecía yo el ave triste arrojada de la costa por la fuerza de su destino á la negra región de los huracanes.