¿Por qué estas imaginaciones fatigosas en tal ocasión, precisamente cuando el recuerdo de Clara y la idea de mi próxima llegada á su lado me conmovían, reverdeciendo en mi sangre el fuego de la pasión de los primeros días? ¿Por qué estas impresiones ardorosas no bastaban á desvanecer aquellas inexplicables tristezas? ¿Por qué no se cumplía en mí la ley de todos los enamorados? Me daban mucho que hacer estas cavilaciones.
Aún andaba á vueltas con ellas, cuándo caí en brazos de Clara que, con Pilita y Manolo, me aguardaba en el patio de las Peninsulares. ¡En aquel momento sí que lo vi todo de color de rosa!
Caminando hacia casa en un coche de alquiler, me hablaron de las faenas en que habían estado empeñadas durante mi ausencia, con el piadoso fin de que al volver hallara en orden y bien dispuestos los equipajes. El mío, los de ellas, el de Manolo, todos estaban listos ya y en disposición de ser remitidos á nuestra ínsula. ¡Qué actividad! ¡qué celo tan cariñoso!... Me preguntó Clara muchísimas cosas; pero ni por casualidad me preguntó por mi padre. En cambio, la hablé yo de él con gran encarecimiento, y de lo entusiasmado que estaba con su hermosa nuera; pero mi suegra me cortó el discurso con tres preguntas sandias sobre nuestro próximo viaje, y un huracán de viento y diez ó doce charrasqueos seguidos, nerviosos, de su abanico; y no llegué á saber la opinión de Clara sobre el particular.
En cuanto entramos en casa, me condujeron á un cuarto grande, de poco uso, y me le mostraron atestado de baúles, sacos, líos, cajas y sombrereras. Cada cosa, bien envuelta y amarrada y con su rótulo correspondiente. Lo menos conté catorce baúles.
—Estos tres más pequeños, son los tuyos—me dijo Pilita señalándolos con el abanico,—y aquella sombrerera, y aquel saco, y aquel lío de bastones... Estos siete más grandes, son míos y de tu mujer... te digo que van ahí los trajes nuevos como en la tienda: tan desahogaditos y bien plegados... ¡Ah! los tuyos se guardaron según te los envió el sastre. Si tienen algo que enmendar, allá lo harás... El bastón de gobernador va solo en su funda de cuero: mírale allí. Ya sabes que te le regalo yo: en eso quedamos. Estos otros dos baúles son de Manolo, y los demás de la doncella y del criado... ¿Ves qué bien está todo? Pues calcula el trabajo que nos habrá costado á Clara y á mí, y las molestias que te hemos evitado haciéndolo antes que vinieras...
¡Catorce baúles! ¡Más de otros veinte bultos! ¡lo que habría dentro de ellos! ¡Pilita, Manolo, dos criados!... ¡Y quizá todo sobre mis pobres costillas de empleado de sueldo fijo y, relativamente, corto! No respondí una palabra, ni quise preguntar lo que aquello costaba, ni lo que se había pagado, ni con qué, ni lo que se debía, ni quién lo debía... Punto era éste de los ochavos que jamás había tocado yo con mi nueva familia. Desde que entré en ella, me propuse hacer á Clara administradora de mi sueldo y economías, y comencé á cumplirlo antes de ir á la Montaña. No podía hacer más. ¿Entraban mis dineros en el fondo común? ¿Vivía cada cual á expensas de los suyos? ¿Pesaba toda la carga sobre mí? Esto es lo que yo no sabía ni quería averiguar. Pero temíame lo peor en aquel caso concreto, en el cual, aun con lo mío solo, bastaba para doblarme los lomos.
Por la noche fuí á presentarme al ministro para ponerme á su disposición y recibir sus instrucciones. La entrevista fué bastante larga, y quedamos al fin en que dos días después saldría yo á encargarme del gobierno.
—¿Y el secretario?—le pregunté al despedirme.
—Está allá tiempo hace—me respondió.—Es una alhaja para el oficio; pero tenga usted cuidado con él, porque á lo mejor tira al monte: es algo granuja.
Cuando volví á casa me encontré en ella con Barrientos. Me iba cargando ya bastante aquel mozo que, entre otras gracias, tenía la de no hacer más caso de mí que del último extraño á la familia de mi mujer. Un saludito ceremonioso, poco más que una cabezada, y agur; la franqueza y las atenciones, para las señoras, y hasta para el estúpido Manolo.