Díjele algo, medio en broma, á Clara aquella noche.

—Usos de la buena sociedad—me respondió arreglándose el pelo para acostarse.—Ya te irás acostumbrando.

¡Un demonio me acostumbraría!

Atrevíme á preguntar á Pilita, al día siguiente, por curiosidad siquiera, pues nunca se había ventilado el punto entre nosotros:

—Diga usted, ¿por qué dejamos esta casa puesta?

—¿No nos dan allá palacio amueblado sin que te cueste un maravedí?—me respondió con asombro.

—Es cierto—repliqué;—pero podíamos ahorrarnos este alquiler, ¡que no es grano de anís!

—Justo, ¡como si fueras un empleadillo de tres al cuarto! ¡Hijo, qué bolsón vas á hacer con ese mimo con que tratas al dinero!... Y si nos cansa la vida de provincia á tu mujer y á mí, y queremos pasar el invierno en Madrid, ¿dónde nos alojamos si no tenemos casa?... ¡En San Bernardino, si te parece!

Con estas lindezas de Pilita y el absoluto apartamiento de Clara de los negocios que las producían, se me ponían á mí los pelos de punta, no de ira, sino de espanto. ¡Qué ideas de economía y buen gobierno!

Sin duda por la fuerza del contraste, me acordé de Carmen instantáneamente. En seguida fuí á despedirme de ella. Me preguntó por mi «señora» con la misma voz apagada y el propio acento indeciso que el día que la vi antes de salir para la Montaña; sólo que entonces no di importancia alguna á estos detalles, y esta otra vez me causaron honda sensación. Con la tristeza intensísima en que había vuelto á caer, me sucedía lo mismo. Cuando la advertí, achacábala á un recrudecimiento de sus penas conocidas; y aunque me afligía, no me inquietaba; después me pareció un libro abierto en el cual no me atrevía á poner los ojos por no leer allí lo que yo había soñado, por primera vez, en mis meditaciones mientras caminaba hacia mi lugar. Por obra del mismo sentimiento, fingía prestar poca atención á sus nuevos dolores; y he aquí cómo pudo creer la atribulada huérfana que iba yo cercenándole mi afecto, precisamente cuando más vivo y acentuado le sentía. Por distraerme y distraerla, le hablé de su pensión. Preguntéle si la cobraba ya; díjome que sí. Con esto quedaba á cubierto de muy serias contingencias; y el considerarlo, en el instante de alejarme tanto de ella, descargaba á mi ánimo de un gran peso.