Al despedirme, no me atreví á decirle que fuera aquélla mi última visita antes de marcharme de Madrid; pero es lo cierto que en cuanto me aparté de ella se echó á llorar. Nunca otro tanto había acontecido. También por primera vez dejó de acompañarme hasta la puerta. Lo uno me explicaba lo otro. En cambio, me acompañó Quica hecha un diluvio de lágrimas. Abrió, salí; y después de cerciorarse de que estábamos sin testigos, me dijo, echando medio cuerpo fuera de casa, y á chorros el llanto de los ojos:
—¡Por el amor de Dios! escríbala usted de vez en cuando... ¡que se queda muy sola!
Volví la cabeza rápidamente, como si me sintiera tocado de pronto en lo profundo del pecho por una varita mágica. La puerta estaba cerrada ya. Nadie me veía sino Dios. ¡Que Dios sólo sepa en qué forma se manifestó lo que pasaba dentro de mí, durante el primer cuarto de hora que siguió á las palabras de aquella pobre mujer!
Al otro día, muy temprano, salían nuestros criados, con la impedimenta, de la administración de diligencias de la calle de la Victoria; y yo, con toda mi nueva familia, por la tarde, en el coche-correo, por el camino de Aranjuez, después de habernos hecho los honores de la despedida mucha gente y pocos amigos.
No faltó Barrientos.
XXX
Mi secretario resultó ser un patriota recién llegado de Filipinas, adonde había ido á parar, á la fuerza, por sus demasiado notorios servicios á la revolución del año 48. No tendría más de treinta de edad, y ya empezaba á encanecer. Era desvaído de cuerpo y de color, algo pitarroso y belfo; y aquí estaba su especialidad, quiero decir, entre los gruesos y mal cerrados labios; y consistía en lo enorme de sus dientes, aunque no muy blancos, sanos, prietos y cabales; y avenidos los de arriba con los de abajo de tal manera, que se los creía capaces de cortar puñales buidos, de una sola dentellada. Iban siempre al descubierto y apenas los sombreaba un bigotejo lacio y desmedrado. Sin caer en la alucinación morbosa de aquel personaje fantástico que veía una idea en cada diente de su adorada, contemplando los de mi secretario había que pensar fatalmente en una panadería, y ver en cada uno de ellos una hogaza triturada. No se concebía el cansancio de aquella máquina, ni la hartura de la sima en que caían sus moliendas.
Por lo demás, era mozo listo, complaciente y, al parecer, muy entendido en los negocios de mi cargo. Fingida ó no, manifestaba mucha admiración á los títulos que me habían hecho hombre insigne entre los más conspicuos patriotas al uso.
Había invertido el tiempo hasta mi llegada en examinar el campo de mi nuevo señorío, el estado de los ánimos y el carácter de las dificultades políticas que había que vencer allí, y en estudiar el modo de dominarlas sin producir otras nuevas.