En ambos empeños había salido airoso, á juzgar por el cuadro que me trazó y el plan que me propuso.
—Bien está—le dije,—por lo que hace á la cosa política de mi negocio; pero ¿y la otra?
—¿Cuál?—me preguntó.
—La más esencial quizá: la administrativa.
—Esa—me dijo al punto,—corre de mi cuenta mientras usted se va acostumbrando al oficio poco á poco. He pasado lo mejor de la vida entre expedientes gubernativos, y respondo de que en ese particular hemos de hacer grandes cosas.
Al mismo tiempo colmaba de atenciones á mi mujer; intimaba con mi suegra y con Manolo; servíales á punto y bien en los menesteres más extraños á su destino, y todos se complacían en mi casa en mimarle, considerándole como un valiosísimo estuche de cosas y de habilidades.
Y, sin embargo, á mí no me entraba. Aun sin la advertencia del ministro, hubiérame bastado verle para desconfiar de él.
Las dificultades de mayor embarazo para mí, recién llegado á aquel gobierno, nacían, precisamente, de las condiciones más salientes de mi propia personalidad.
Para los díscolos de la oposición avanzada, gentes que nunca se ven hartas de motín, quizá porque siempre llegan tarde al regodeo que sigue al triunfo, y toman á pecado de prevaricación hasta el sacudirse el polvo de la batalla y ponerse camisa limpia, era yo un enemigo, á pesar de mis hazañas populacheras, por el solo hecho de representar allí la fuerza de la autoridad, cobrar un sueldo del Estado y vivir como los opulentos reaccionarios... Pues ¡cómo me mirarían sus ojos, teniendo sobre mi conciencia, además de estos pecados de necesidad, el crimen particularísimo de estar casado con la hija del «latromagnate» más aborrecido, del polaco más odioso de todos los polacos fugitivos?... Hasta para el otro bando, para el del orden dentro de la situación imperante, era motivo de desconfianza el contrapeso de mi mujer. Además me tachaba de joven y de inexperto, porque temía que con estas dos condiciones me faltaran el tino y el carácter necesarios para meter en cintura á los díscolos que habían hecho imposible el gobierno de mi predecesor. Tampoco el elemento mercantil, que todo lo fía al sosiego y á la tranquilidad, me miraba de buen ojo, por los mismos defectos de juventud é inexperiencia; y en cuanto á las aristocracias de los pergaminos y del dinero, ¿cómo habían de simpatizar con un matón de barricada, convertido en personaje político de la noche á la mañana? En cambio, estas dos importantes porciones de aquella sociedad heterogénea, eran muy partidarias de mi mujer, por lo mismo que ésta llevaba, como su madre, pintado en la cara el asco que le producían gentes y cosas del nuevo orden; lo cual era, entre los liberales crudos, otro pecado notorio que pesaba sobre mí.
Pues todas éstas y aquellas dificultades que representaban un estorbo y una traba á cada paso mío en la senda de mi flamante cargo, fueron dominadas con asombrosa facilidad, merced á los atinados consejos de mi secretario y á la entereza inquebrantable con que yo los puse en ejecución tan pronto como comprendí lo mucho que valían. Hasta me atreví á meter la hoz en la Milicia, que era un elemento perturbador por obra de los exaltados que la mangoneaban; y en cuanto éstos se penetraron de que era yo muy capaz de cumplir la amenaza que les hice de domarlos á la fuerza, si por la razón no se daban á partido, trocáronse en mansos y dóciles corderos. Con este rasgo de energía, que era de mi exclusiva propiedad, me capté el beneplácito de todos mis gobernados, para quienes era un constante motivo de alarma y de sobresaltos la actitud de aquella facciosa minoría. ¡Gran resultado me dió en aquellos conflictos mi elocuencia de relumbrón!