Encauzóse, pues, la gobernación de mi ínsula, en lo tocante á la política y orden público, y llegó el caso de pensar en hacer administración, como se dice en la jerga del oficio; lo cual acontecía á poco más de medio verano. Entonces abdiqué por completo en mi secretario, tanto por consejo suyo como por imperio de la necesidad, que también me lo exigía, para descansar un poco de las recientes batallas, volviendo á ser hombre de familia.

Dábame la provincia casa y coche, por razón de mi alto empleo. La casa era grande, casi un palacio, y palacio le llamaban; y el ajuar se me antojaba de perlas. Hubiera yo, de buen acomodar, por naturaleza un tanto espartana, vivido allí como un patriarca. Pero á Pilita le parecía todo muy otra cosa; y como la apoyaba Manolo, y Clara no la contradecía y el secretario también le daba la razón, tuve que convenir con ella en que, tal cual estaba la casa, no podía habitarla la familia de un gobernador que se estimara en algo. Había muros desconchados, otros con lamparones, muebles perniquebrados, tapicerías resobadas, alfombras en esqueleto, colchones medio podridos, sábanas de telaraña por lo molidas y tenues, vidrieras mal avenidas... y «¡horror de indecencias!» como decía mi suegra pasando minuciosa revista á todos y á cada uno de los aposentos del gubernamental palacio, tan pronto como nos alojaron en él. Con el coche acontecía lo propio: era viejo y destartalado; tan viejo y destartalado como el tronco que le arrastraba y el cochero que le conducía. Felizmente la Diputación provincial era de casa; y previas unas enérgicas excitaciones de mi secretario, votóse inmediatamente un crédito supletorio para todos aquellos menesteres; y en pocos días quedó el palacio vestido de nuevo, y el coche reemplazado por otro más lucido. Pero aún echaba de menos mi familia una multitud de cosas indispensables; y como el crédito estaba consumido hasta su último maravedí, tuve yo que pagarlas de mi peculio, con el doble dolor del quebranto que ocasionaba á mi extenuado bolsillo, y de saber que las había iguales y holgando en nuestra casa de Madrid.

La prensa reaccionaria habló bastante mal de este despilfarro de la Diputación en obsequio á un funcionario del Estado, precisamente á raíz de una revolución hecha contra los malversadores de los caudales públicos. Lo mismo dijeron los periódicos avanzados, y no me defendieron gran cosa los ministeriales, pues de todos había en la localidad. Nada de ello me sorprendió, porque lo esperaba.

Por entonces comenzaba yo la campaña de conciliación, tan felizmente terminada poco después; mi familia se preparaba, con la meditación y el reposo necesarios, para lucir en hora conveniente los relumbrones del empleo con la apetecida solemnidad, y no se daba á luz sino las menos veces posibles, y de incógnito, como los príncipes viajando.

De puertas adentro, mi mujer y su madre eran tremendas con las personas del elemento oficial que por cortesía las visitaban. Teníanlas por gentezuelas de poco más ó menos, y las aburrían en el vestíbulo antes de dispensarles el honor de admitirlas á su presencia, para confundirlas con dos sonrisas contrahechas y media docena escasa de palabras sin substancia. Con estas altiveces me llevaba á mí el demonio, porque eran otras tantas causas de resentimientos que me ayudaban muy poco á triunfar en la empresa en que me hallaba empeñado. Trataba de hacerlo comprender; pero no había enmienda en el pecado: antes reincidían en él, con la mayor frescura, las vanidosas mujeres, porque tenían el vicio en la masa de la sangre. Las deferencias, las atenciones y la afectada cortesanía, se reservaban para los particulares que las visitaban oficiosamente ó por recomendación de nuestros amigos de Madrid; y aun en estos casos intentaba Pilita guardar las distancias que ella suponía existentes entre una dama de su procedencia y una señora ó personaje cualquiera de provincias, por encopetados que fueran. Nada digo de mi mujer, porque, contrariada ó complacida, en casos tales siempre era la misma Clara, de actitud marmórea y de mirar terrible.

Llegó la hora de salir al escenario, que era la de cumplir con las gentes que nos habían visitado; y de esta delicada empresa se trató tan pronto como yo triunfé en la ya mencionada mía, y me entregué á un relativo descanso. Mi suegra sostenía que con las señoras (y subrayaba mucho la palabra con la voz y con el gesto) de la nómina progresista, harto cumplidos estábamos siempre, pues éramos sus superiores jerárquicos; y sus visitas, por ser de obligación, no tenían vuelta.

—Nosotros—concluyó,—somos... nosotros; y ellos... son ellos.

—Justamente—repliqué;—y por eso mismo no soy del parecer de usted. Cuanto más alta es la jerarquía de una persona, más la obligan las leyes de la buena educación... Aparte de que esas señoras no están en el deber, como usted cree, de visitarlas á ustedes.

—Pues entonces han hecho muy mal en venir á vernos; y no deben esperar nuestra visita en pago, si no son unas descomedidas ambiciosas.

—Después de todo, señora—dije aquí á mi suegra, harto ya de sus insensateces,—no es usted quien debe resolver este punto.