—¡Hola!—me replicó muy retorcida,—¿ya me echas de casa?

—Esas visitas—continué, fingiendo no reparar en la nueva sandez de mi suegra,—no han sido á usted, sino á la gobernadora; y sobre ésta y no sobre usted han de caer las censuras que merezcan las groserías que cometamos. Con Clara, pues, y conmigo, va exclusivamente ese particular, y espero que mi mujer ha de pensar de muy distinta manera que su madre.

Di cierto aire de mandato á estas palabras, por lo mismo que se hallaba presente Clara. La cual, después de mirarme con una dureza tan fría que picaba en sañuda, díjome con voz un tanto enronquecida:

—Se hará todo lo que tú dispongas; pero creo que debemos comenzar por los notables de la población, que nos han visitado sin tener obligación alguna de hacerlo.

—Convenido,—respondí, convenciéndome de que en todo lo que fuera cuestión de absurdas vanidades, se ponían al mismo nivel la simplicidad de la madre y el talento de la hija.

¡Y al otro día fué ella! ¡Cuando se lanzaron á la calle con todos los requilorios encima, y en pleno y soberano dominio de su papel! Á pie salieron, porque les convenía salir así para sus intentos de lucirse mejor. No les cabía en la acera; y yo, que las acompañaba, iba por el arroyo. Crujía la seda de sus vestidos ostentosos, y varas de ella arrastraban por detrás alzando nubes de polvo. El andar de Clara no se parecía á ningún andar de mujer europea: era algo al modo de reina egipcia; como hubiera andado Cleopatra siendo gobernadora de una provincia de España, sin dejar de ser la ostentosa y soberbia hermosura que cautivó á Marco Antonio. Los transeuntes nos cedían el paso desde lejos, y luego se paraban á contemplarla con cierto asombro mezclado de codicia; y yo, que lo observaba, complacíame en ello, porque, al cabo, Clara era mi mujer, y por ende, cosa mía; y los hombres somos así. ¡Era de ver con qué imperiosa y gallarda frialdad respondía á los saludos que nos hacían las gentes, por ser yo quien era! Pilita hacía á maravilla su papel de reina madre. Dos polizontes nos precedían á cierta distancia, y otros dos nos seguían. Uno de ellos se adelantaba; y cuando llegábamos al portal de la casa adonde nos dirigíamos, ya sabía si habían salido ó no las personas que íbamos á visitar. En el primer caso, subía nuestras tarjetas; en el segundo, subíamos nosotros.

Al día siguiente lo mismo; pero con diferentes ornamentos. Las menos veces fueron en coche. Éste le reservaban para ir á paseo. Llevábanle abierto; y entonces se las veía tendidas contra el respaldo y como flotantes sobre las encrespadas faldas de sus vestidos fantásticos, que llenaban todo el hueco de la carretela, dejando apenas el indispensable, hacia el vidrio, para destacar sobre la nube, y pegado á la tolosa, el busto lacio é indigesto de Manolo. ¡Reventaban de vanidad!

—Pero ¿en qué la fundan?—pensaba yo.—No será en mis merecimientos personales, cuando tan pocas consideraciones me guardan de puertas adentro; ni en los blasones que no tienen, ni en el caudal que les falta, ni en el nombre que llevan, infamado por el rumor público. ¿En que ésta es una capital de provincia, y ellas son damas de la buena sociedad madrileña, y la familia del gobernador?

Pues nada más que en eso. Pilita ya me había anunciado esos deleites de la vanidad al ponderarme en Madrid las ventajas que llevaba este destino al que yo desempeñaba en el ministerio de la Gobernación, y Clara era soberbia y altiva por educación y por naturaleza; pero nunca pensé que llegara á tal extremo el vicio capital de mi nueva familia.

Con la entrada del otoño comenzaron los espectáculos nocturnos; y con este motivo, para lucirse en primera fila, allá van vestidos y perifollos y tocados; y como las damas de la ciudad iban tomando á Clara por modelo en el vestir y en el andar, ella se complacía en lucir en cada exhibición una cosa nueva, y su madre otra mejor; y hasta el imbécil de mi cuñado se emperejilaba á su manera, esperando formar escuela de mozos distinguidos. La condesa del Rábano recibía los miércoles, y los señores de Cerneduras los viernes; y como aquellas reuniones eran verdaderos certámenes de lujo, y Clara concurría á ellas y era la más mirada y atendida por ser en el pueblo la mujer de moda, ¿cómo no había de dar en cada caso la necesaria novedad á su elegante atavío? Y en cuanto á Pilita, que la acompañaba siempre, ¿cómo había de presentarse en más vulgar arreo que su hija?