Y aconteció muy pronto lo que yo venía temiendo por ciertos síntomas que notaba en mi casa; y fué que, para corresponder á los elegantes miércoles de la condesa del Rábano y á los espléndidos viernes de los ricos señores de Cerneduras, hubo necesidad de establecer los lunes del Gobernador. Y heme aquí, porque los salones eran «de poco más ó menos», y ciertas paredes estaban desnudas, y tal aposento sin alfombrar, y el comedor en ropas menores, contemplando estremecido cómo invadían el palacio los tapiceros, y sin cuenta ni razón le llenaban otra vez de muebles, telas y garambainas que maldita la falta me hacían. ¡Y si hubiera sido este solo el disgusto que me costaron aquellas memorables fiestas! Pero no se habían inaugurado todavía, cuando ya me procuraron otro terrible; y fué con ocasión de tratarse, en familia, de las invitaciones que debían hacerse para el primer lunes. Clara, porque entonces era ella, desgraciadamente, y no su madre, quien llevaba la palabra; Clara, repito, pretendía que no se invitase á ciertas personas que yo había puesto en lista, porque no las conceptuaba de bastante tono para alternar en su casa con el encopetado señorío de su predilección. Volvió á relucir lo de la nómina progresista, en son de mofa, y tuve que recordar á mi mujer que de esa nómina salían los lunes de su marido.
—¡Pues no vendrán!—me dijo altanera.
—¡Pues no habrá lunes!—repliqué en el mismo tono.
¡Qué cara me puso! y de qué manera me dijo, un momento después de haberme oído:
—Que vengan enhorabuena; pero yo te prometo tratarlas de modo que no vuelvan á poner aquí los pies.
—¡Muy bien dicho!—exclamó Pilita, nerviosa de entusiasmo.
—Y yo te prometo á mi vez—respondí á Clara sin hacer caso de la impertinencia de su madre,—reparar una por una todas tus descortesías; y si esto no alcanzara á mi propósito, cerrar á las gentes de tu devoción las puertas por donde salgan las de la mía. ¡No lo olvides!
Para dar una idea de la actitud y el aspecto de mi mujer después de oirme hablar así, es necesario pensar en una leona domesticada, que, por obra de un grito lejano ó de un tufillo pasajero, se acuerda de pronto de la libertad de sus congéneres en la inmensidad del desierto africano. No me replicó una palabra; pero el centelleo de sus ojos y la palidez de su semblante, mientras crujía el abanico entre sus manos crispadas, decían demasiado. Jamás la había visto así. Verdad que nunca me había puesto hasta entonces en ocasión de despertar su adormecida braveza. Me daba miedo: no por aquel instante, sino por todos los de mi vida.
Horas después recibí carta de mi suegro. Gemía, como siempre, por sus propios quebrantos; por «la pobre España» en poder de los hombres ineptos que le habían expatriado á él; por las tristezas que consumían á su adorada Pilita, á su dulce Clara y á su angelical Manolo; y me rogaba que los arrancase de su obscura soledad y me desviviera por divertirlos. ¡Qué oportunidad de hombre!... ¡Y qué perspectiva para empezar á vivir!
Por borrarla un poco de mi imaginación, dediqué lo mejor del día á escribir á Carmen. Creo que se me fué algo la pluma y que la empapé demasiado en las nuevas amarguras de mi alma; nuevas, porque no era aquélla la primera vez que sentía en el corazón el frío mortal de los desencantos, y en mi imaginación el triste vacío de las ilusiones desvanecidas. Las respuestas de la pobre huérfana eran como suyas: cariñosas, pero sencillas y breves; ni una frase, ni una palabra que recordase nuestra franca y cordial amistad de otros tiempos. Y yo admiraba esta prudencia, y á la vez me lamentaba de ella; comprendía la razón de los miramientos de Carmen, y sentía que no fuera más confiada y expresiva conmigo. Y no era esto un contrasentido pueril, ni resabio de una imaginación dengosa y versátil, sino que yo vivía en perpetua equivocación, y el alma quería regirse por sus propias leyes, que no eran las que le imponía la fuerza brutal de los hechos consumados.