XXXI

En esto veía acercarse, con el andar de un nublado tormentoso, el primer lunes de los míos... Y llegó, porque todo lo malo llega siempre que se anuncia, y aún peor de lo que se teme; y se inauguraron mis fiestas con el estruendo y el despilfarro que yo no me atreví á soñar, ni aun viendo los preparativos hechos bajo la dirección de mi mujer, aconsejada por su madre, que es todo cuanto podía verse. ¡Hasta la Guardia civil, no bastando la urbana, amén de nuestros propios criados, se empleó en aquellos menesteres de telón afuera! ¡Qué tal andaría lo de telón adentro! Deslumbraba el aparato y asustaba el lujo que se arrastraba por allí; pues las gentes aquéllas eran ricas y habían hecho de mis salones palenque en que lucir el poder de sus caudales. Engreíase mi mujer viéndose centro esplendoroso de astros tan resplandecientes, y correspondía á los honores que de esta manera se tributaba á su buen tono excediendo en lujo á la más encopetada y vistosa, y disponiendo cada ambigú, que dejaba aturdidos á los mismos comensales que los devoraban. ¡Qué carnes se me pondrían á mí con todo ello! ¿Y cómo evitarlo ya, una vez hecho costumbre? ¿Y cómo sostenerlo sin poseer una mina de onzas acuñadas?

Pues así fuí tirando, hasta que lo arregló de otro modo algo que es más fuerte que todos los respetos humanos.

Es, pues, el caso, que no solamente descansé, sino que llegué á dormirme en la ciega confianza que me inspiraba mi secretario; confianza nacida más que de un profundo convencimiento de la capacidad de mi subalterno, de mi escasa afición al expedienteo; del gusto con que me agarraba á cualquier disculpa para alejarme de él, y de la necesidad en que me veía de fijarme con preferente atención en el negocio político, que no estaba para descuidado un punto. Antojábaseme, andando los días, que en lugar de afirmarse la paz, el orden y la confianza en torno mío, retoñaban las asperezas y los desacuerdos, y perdía su virtud mi celo conciliador, como si mi prestigio comenzara á andar de capa caída. Hombres que al principio me escuchaban como á un oráculo y hacían de mis palabras evangelios que predicaban luego á los demás, se me acercaban recelosos y descontentos; y me daba más que pensar lo mucho que parecían callarse, que lo poco y turbio que me decían. Sospechaba yo que en el partido que allí me apoyaba cundía la desconfianza; y con esta sospecha, desvivíame por mostrar á mis amigos los firmes y leales propósitos que seguían animándome, y suplicábales que me expusieran los motivos de sus embozadas quejas, para acudir á remediarlos, como antes lo había hecho; pero la misma vaguedad de las respuestas me sumía en nuevas inquietudes.

Mi secretario, con quien las consultaba á menudo, encogíase de hombros, ó me aseguraba que todo iba á maravilla, y que si había quejas lo serían de vicio.

Y todo esto acontecía precisamente cuando mi familia andaba en el colmo de sus dispendiosas exhibiciones; lo cual llegó á traerme á vueltas con las más extrañas y tumultuosas ideas; ideas que no me daban punto de reposo y me robaban el sueño, y hacían incompatible mi discurso con todo el negocio extraño al círculo de mi vida doméstica. Sólo dominado por una preocupación semejante, podía estar yo tan ciego y torpe que no viera lo que tenía delante de los ojos y palpaba con mis propias manos.

Ni mi mujer ni su madre me decían jamás lo que costaban sus lujosos atavíos ni sus espléndidos festines, ni me pedían un céntimo para pagarlos. Cierto que ellas continuaban siendo las administradoras de todo mi dinero, del único que tenía, del que cobraba mensualmente del Estado; pero ¿cómo daba aquel dinero para tanto? ¿Con qué se suplía lo que faltaba? ¿Contraían deudas en mi nombre? ¿Lloverían sobre mí, á la hora menos pensada, créditos que no podría recoger? Y por temor á esto y á sus horribles consecuencias, hablé á Clara un día.

—¿Cómo os las componéis—la pregunté,—para hacer esos gastos con tan poco dinero?