—No te apures—me respondió secamente,—que aún le tenemos de sobra.

—¡Imposible—repliqué,—si pagáis todo cuanto consume vuestra vida ostentosa!

—No se debe un cuarto á nadie,—afirmó volviéndome en seguida la espalda.

Quedé más aturdido de lo que estaba, porque me persuadí de que mi mujer no me decía la verdad. Por espontánea confesión suya, había sabido yo, poco después de nuestra salida de Madrid, que todos los ahorros de su padre apenas alcanzaban para vivir él modestamente fuera de su patria, y para que en un apuro «muy extremo», no se murieran de hambre en una buhardilla su mujer y su hijo. Luego no era el dinero de Valenzuela el que suplía las faltas del mío para cubrir los gastos de mi casa; y como éstos excedían en más de otro tanto al que cobraba yo con una mano y entregaba con la otra á mi mujer, evidente era que vivíamos de prestado, y que ésta me lo ocultaba. Entonces pensé muy seriamente en arreglar las cosas de otro modo; me armaría de carácter, porque era preciso que me armara; y haría, y acontecería...

Y nada hice al fin, porque es condición de nuestra flaca naturaleza dejarse caer en los peligros reales por huir de los imaginarios. Clara no me había perdonado aún el «atrevimiento» de contrariarla en el asunto de las invitaciones, y su madre no tenía atadero, y era capaz de todo lo que no se ajustara á las leyes del sentido común; resolverme á meter á las dos en cintura con un rasgo de autoridad, era producir un estruendo que de seguro transcendería fuera de mi casa... ¡y yo era el gobernador de la provincia, relacionado á la sazón con lo más granadito de la ciudad!... ¡y qué se diría!... ¡y mi prestigio!... ¡Y si tras el escándalo venían los acreedores alarmados!... ¡Qué horror! Y me aguanté por entonces.

Á todo esto, el descontento público crecía y se revelaba muy acentuado en la prensa local, que yo cuidaba de leer con suma atención desde que me la habían llamado grandemente ciertas insinuaciones suyas. Ya no se andaban los periódicos, lo mismo los situacioneros que los otros, con paños calientes. Declaraban que jamás, ni aun durante las más inmorales administraciones, había habido en aquella capital un desgobierno más completo, una falta más absoluta de policía y de pública moralidad. Uno de ellos dijo textualmente, por remate de un artículo, verdadero memorial de agravios administrativos enderezado á mi «patriotismo sellado con sangre de los tiranos:—Cualquiera pensaría, al ver lo que aquí sucede, que las riendas de este gobierno están en manos polacas». Comprendí la alusión, y la sentí como un balazo en mitad del pecho. Llamé inmediatamente al secretario.

—¿Qué hay de cierto en todo cuanto aquí se dice?—le pregunté, mostrándole el periódico que tenía yo en la mano.

Tomóle él en las suyas con la mayor serenidad; y después de pasar la vista por el artículo, me le devolvió diciéndome:

—Absolutamente nada. Ganas de hacer ruido.

—¿Está usted seguro de lo que me afirma?