—Si no lo estuviera, no lo afirmara.
—Corriente,—díjele después de meditar un momento.
En cuanto me quedé solo mandé llamar al director del periódico. No tardó en venir. Me encerré con él y le supliqué que, como en el secreto de la confesión, me declarara los fundamentos de lo que se decía, y, sobre todo, de lo que se callaba en su periódico. Me espantó lo que supe entonces; y eso que el periodista me ocultó lo principal, por respeto á mi propia persona. Dile las gracias, prometiéndole que no le pesaría de haberme arrancado la venda de los ojos; y en cuanto se apartó de mí, llamé al jefe de la policía.
—Sé—le dije, mirándole indignado,—que tiene usted puestos á contribución á todos los criminales y á todos los viciosos de la ciudad.
Se quedó yerto, lívido como un cadáver. Tartamudeó algunas palabras, que no entendí, y añadíle estas otras:
—Elija usted entre ir á presidio ó declararme toda la verdad.
—Es cierto—me respondió entonces, animándose súbitamente;—pero entienda V. S. que, al obrar así, no hago más que cumplir las órdenes que se me han dado.
—¿Y quién se las ha dado á usted?
—El señor secretario.
—¿El de este gobierno?