Y en esto apretaba más el paso, y yo no sabía ya si dejarla sola ó si acompañarla; si hablarla ó callarme la boca; en fin, cómo la servía mejor. Pero ¿por qué se mostraba Carmen tan escrupulosa en materia de temas de conversación, y tan rigorosa conmigo? La verdad es que meterse uno á protector de una desvalida y comenzar por galantearla, no concordaba gran cosa que digamos. De todas éstas y otras incongruencias tenía la culpa el fachendoso Valenzuela, cuyo recuerdo me crispaba los nervios; pero de este asunto no debía yo hablar con Carmen; y cabalmente era el único de que á la sazón me era posible hablar con oportunidad, abundancia y hasta brillantez. Tan repleto de él estaba.

Sin nuevas discrepancias, llegamos al fin de nuestra breve jornada. En el portal de la casa se detuvo Carmen; volvióse hacia mí, que no había pasado de los umbrales de la puerta, y me dijo:

—Muchas gracias; mil perdones por las reprimendas que le he echado á usted en el camino, y que no le sirvan éstas de excusa para dejar de visitarnos á menudo: ¡cuidado si se vende usted caro de un tiempo acá! ¡Ah! no cuente usted el suceso á mi padre.

Respondí lo que podrá verse en cualquier tratado de urbanidad y buenas costumbres, y, en señal de despedida, me tendió Carmen la mano. Tal se la apreté con la mía, que si la hija de don Serafín Balduque no vió en aquel momento las estrellas, no debió de faltarle el canto de una peseta.

Mientras caminaba hacia mi casa, se me agarraron al pensamiento el encuentro con Carmen, su soledad, su azoramiento mientras yo la acompañaba, sus remilgos en los temas de mi conversación con ella, su encargo de que no supiera su padre que había salido sola...

—Y si todo esto fuera una comedia—díjeme de pronto,—¿qué papel ha sido el mío?

Pero como el asunto no me llegaba muy adentro, volví á llenar la memoria con el señor de Valenzuela; y así llegué á casa.

Después de comer poco y de hacer la oposición más tenaz en cuantas conversaciones se apuntaron en la mesa, volvíme á la calle solo y resuelto á pasar la noche á mi gusto. No había que pensar en las dulces y ordenadas emociones del arte escénico: me faltaba hasta la paciencia necesaria para estar sentado media hora seguida entre gentes de buena educación. Aun el salón de Capellanes que, en su género, era de lo más ordenado y bien regido, me pareció insoportable; por lo cual me fuí á Paul, donde me pasé cuatro horas largas bailando como una bestia, y dando codazos y pisotones á diestro y siniestro.

Acostéme rendido á la una, y me dormí soñando que desde la peña más saliente de la costa vecina á mi lugar, arrojaba de un puntapié á los abismos del mar al señor de Valenzuela y á toda su distinguida familia.