XVIII
Me abrumaba la carga de tristes presentimientos, y era harto crítica mi situación en aquellos días para no sentir, con la necesidad de un consejo desapasionado, la más apremiante de un desahogo de pesadumbres.
La casualidad me presentó una coyuntura favorable, y la aproveché. Hallándome á solas con Matica, le pregunté en crudo:
—¿Qué juicio le merece á usted el señor don Augusto Valenzuela?
—Téngole—me respondió al punto,—por un grandísimo bribón.
—¿Así como suena?—repuse.
—Así como suena,—insistió.
—Por supuesto—añadí sin maldito el propósito de disculpar al personaje manchego,—usted se refiere al estadista, al político, no al...
—¡Qué estadista ni qué niño muerto!—atajóme Matica con su natural desenfado;—me refiero al hombre: yo no admito esos distingos que han inventado los retóricos al uso para legitimar el socorrido oficio de vivir sobre el país. El que hace una pillada política, es un pillo como todos los pillos; quien no es honrado en su vida pública, tampoco puede serlo en su vida privada. ¡Ni que fuera la honra prenda de dos caras, ó mueble de varios usos! Mas aunque admitiéramos como excusa de buena ley para todos los crímenes oficiales esa peregrina distinción, insisto en el calificativo por lo que respecta al encopetado manchego de que tratamos. El señor de Valenzuela es un caballero que si el Código Civil rigiera en España por igual para todos los españoles, estaría años hace arrastrando treinta libras de cadena en un presidio, con otros muchos personajes que también gastan coche á expensas del Estado.