—¿Quitamos de esa pintura siquiera los toques de estilo del pintor?

—Hombre, puede usted borrar el cuadro entero, si tal como ha salido le disgusta por conexiones que pueda haber entre usted y el original...

—Ninguna que valga dos cominos.

—Pues lo dicho, dicho, señor Sánchez... Pero ¿dónde mil demonios ha estado usted metido para que le suenen á nuevas estas cosas que yo le digo ahora de ese famoso personaje?

—No le extrañe á usted esta ignorancia mía—respondí con entera ingenuidad:—la política me interesa muy poco; y es tan frecuente el hablar mal de los gobernantes, que todas las maldiciones me suenan ya lo mismo, y por un oído me entran y por otro me salen. Pero ahora es distinto el caso... Conque siga usted, amigo Mata, y dígame por qué debía estar en presidio el señor de Valenzuela.

—Por muchas razones. En primer lugar, por ladrón.

—¡Ave María Purísima!

—Y lo pruebo. Los gastos visibles de ese personaje, sus trenes, sus fiestas, sus lujosos aposentos, sus palcos en los principales teatros, sus viajes de recreo, su ostentación escandalosa, los vicios de su hijo, los caprichos de su mujer y cuanto de estos dispendios se sigue y se completa, no me comprometería á pagarlos yo con diez mil duros al año... Pues no pasa de sesenta mil reales lo que vale su destino. ¿De dónde sale lo demás?

—Del caudal que habrá ido acumulando,—dije por decir algo.

—¡Acumulando!—exclamó Matica imperturbable.—¿Sobre qué? Desde que es personaje gasta lo mismo, aun ganando menos que hoy: luego no ha habido ahorros; luego hay manos sucias, agios, escamoteos... porque no hemos de creer que á ese señor, por raro y singular privilegio, todos le sirven y todo se le da de balde.