—Estaría bien por su casa, y vivirá de sus rentas,—añadí todavía.

—Conozco al dedillo la historia de Valenzuela desde que salió de la Mancha—replicó Matica.—Su padre era secretario de ayuntamiento en un pueblecillo cercano á Ciudad Real. Á su lado aprendió á leer y á escribir, y probablemente los rudimentos del oficio en que después se ha ejercitado con singular disposición y notorio aprovechamiento. Imberbe aún, por manejos de su padre consiguió una plaza de escribiente, dotada con cuatro mil reales, en el gobierno de aquella provincia. Años andando, fué nombrado auxiliar de no sé qué, en una aduana de Andalucía. Allí se casó con Pilita, que, por entonces, según reza la fama, era un manojito de gracias, aun entre las de su tierra. Supuesta esta verdad, hay que convenir en que ha variado mucho la hija del desbravador Pedro Jigos (que ésta es la alcurnia de la indigesta consorte de nuestro personaje). Otro que lo era ya entonces y ha continuado siéndolo hasta hoy en la política española, aunque con la varia suerte de todos los de su calaña, hombre famoso por sus despilfarros, y más aún por su insaciable afición á las hijas y mujeres del vecino, conoció á Valenzuela recién casado, y se le trajo á Madrid con un morrocotudo empleo. De aquella fecha datan las grandezas y pomposidades del insigne manchego; las lujosas exhibiciones de su mujer en teatros y paseos; sus lejanas excursiones de verano...

—Pues ahí tiene usted explicado el misterio—dije interrumpiendo á Matica.—Tales pueden ser las larguezas de ese protector, que ellas solas basten á satisfacer las necesidades de la casa de Valenzuela.

—No hay tal protección, pues ésta concluyó mucho antes que empezaran á marchitarse las gracias de la andaluza, y se notaba la falta del filón en las cesantías de Valenzuela, no obstante los grandes ascensos que había tenido en su carrera; lo cual prueba que el verdadero platal de ese hombre está en la entraña del destino que desempeña. Luego de los diez ó doce mil duros en que yo presupongo el gasto anual de esa familia cuando está en candelero, siete ó nueve mil son mal adquiridos; es decir, estafados á la Hacienda pública, ó á los particulares que se dejan robar por ignorancia... ó por malicia.

—Suponiendo—repuse,—que esas conclusiones de usted sean el puro Evangelio, sabemos de dónde sale el dinero que gasta y malgasta nuestro hombre; pero ¿y su importancia?... porque ésta no se roba ni se presta.

—Cierto—dijo Matica;—pero este caso le probará á usted que se puede ser hombre importante sin chispa de entendimiento. Basta con ser mal inclinado y tener poca vergüenza; añada usted, si quiere, cierta travesura, buena fachada, mucho énfasis, algo de abnegación, criminal, por supuesto, y hete á Valenzuela. El único talento que posee este hombre es el de saber para qué sirve, sin querer pasar de allí. Sabe que nació para raposo, y prefiere serlo de verdad á representar falsos papeles de lobo. Trabajando á la sombra en segunda ó tercera fila, la misma obscuridad ampara sus asechanzas y estimula su escaso valor. Si le miraran los ojos de las gentes, era hombre perdido. Como no repara en medios, las arma pronto y muy gordas; y una vez armadas y con el jugo ya entre los dientes, le importa un bledo que el mundo se le venga encima. «Échenme á mí la culpa», dice al ministro. Y he aquí por qué, apenas se descubre un gatuperio gordo en las regiones gubernamentales, Valenzuela es el yunque sobre el cual descargan los golpes de sus iras las oposiciones del Congreso, la prensa de todos los matices y los maldicientes de todos los corrillos. El ministro del ramo no le defiende, aunque remeda intentarlo, y los periódicos ministeriales le abandonan, como si dijéramos, en medio de la vía pública... Y Valenzuela impávido y calladito, porque contaba con ello; y, además, sabe que en España no hay escándalo que interese más de ocho días, ni criminal de copete que no se imponga «al país» que se lo llama, con una salida á tiempo, humos de gran señor y cara sin rastro de vergüenza. Hombres de tal temple y de tal abnegación, no tienen precio para los gobernantes en estos gloriosos días en que el poder es un campo de batalla donde no hay hora de reposo ni instante seguro para la vida... Pero (y usted perdone la pregunta si la juzga impertinente), ¿de dónde nace su repentino deseo de conocer la casta de ese pajarraco?

Aquí, venciendo el último de mis pueriles escrúpulos, se lo conté todo á Matica. Me miró con cara de lástima, y me dijo, después de oirme:

—Pero, hombre, ¡es posible que, con su buen entendimiento, no haya conocido usted hasta ahora que fiar su porvenir de un hombre como ese, es punto peor que tirarse al estanque del Retiro con un canto al pescuezo? ¿En dónde está la proverbial malicia montañesa?

Por aquí siguió Matica despachándose á su gusto; y entre ponerme á mí de inocente y majadero, y al otro de pillo y de ladrón, se pasó un buen rato, hasta que le dije:

—¿Y qué hago yo en este conflicto?