—Una de dos cosas—respondió Matica inmediatamente:—buscárselas por otra parte, ó volverse á su lugar.

Aquí me fué necesaria otra declaración aún más penosa que la anterior. No tenía en el mundo otro valedor que Valenzuela; y para adquirirlos por mi propia virtud, necesitaba continuar viviendo en Madrid; para vivir en Madrid era indispensable el dinero, y mis reservas estaban á punto de acabarse, porque las había malgastado en la confianza de que el farsante manchego me libraría de apuros dándome lo prometido.

Matica se atusaba la barba mientras iba yo desembuchando con grandes repugnancias estas cosas, y me dijo, tomando el discurso donde yo le dejé:

—Además, ya no estamos en los tiempos de Gil Blas de Santillana, ni los humos de usted le permitirían acomodarse á todos los servicios por donde fué pasando aquel famoso semiconterráneo suyo para hacer carrera, ni daría usted al remate de ella con un caballero que le regalara fincas en Valencia. Ya no se estila eso. Ahora, con buenos asideros, se toman per saltum las grandes prebendas, ó se muere uno de hambre... lo probable es morirse de hambre, porque hay, hablando mal y pronto, quinientos burros para cada pesebre. Á veces suele soplar la fortuna por donde menos se espera, y sin contar con los casamientos ventajosos con que tanto sueñan los galanes pobres (y no aludo á ningún montañés en particular), hay huracanes de sucesos que arrollan al más descuidado, y de la noche á la mañana, me lo plantan en lo más alto de la rueda. Bien pudiera usted ser uno de estos venturosos mortales...

—Dejemos la broma, amigo Mata,—le dije, interrumpiéndole,—y hablemos en serio, que bien lo merece mi apurada situación.

—Pues qué, ¿piensa usted—me replicó el cáustico extremeño,—que no es serio lo que le digo porque no lo hago en el tono campanudo y pomposo de su amigo Valenzuela, prototipo y cuño de los hombres serios del día? Este error en que usted vive es otro resabio aldeano de que debe usted corregirse, si no está resuelto á volverse á su pueblo á esperar sosegadamente á que, andando los años, le den la administración de las fincas del Infantado y la secretaría del Ayuntamiento... ¿Qué tal?... ¡Mala cara pone el amigo Sánchez!... ¿Se cree usted todavía con virtud bastante para conformarse con eso sólo después de haber conocido lo grande que es el mundo y el ruido que hacen las gentes en él?

—¡No!—respondí sin titubear, por las razones que se le ocurrían á Matica y por otras muchas que me carcomían tanto como ellas, por lo mismo que eran miseriucas del amor propio.

—Pues he ahí por qué no le he aconsejado á usted en serio y en seco que se volviera á la Montaña; consejo que, de seguro, le hubieran dado, después de oirle á usted como yo le he oído, todos los letrados que nunca se sonríen. Pero yo veo en usted algo más que un pobre secretario de ayuntamiento de aldea; y mientras no le crea repleto otra vez de esa vieja y patriarcal vocación, me guardaré muy bien de decirle «por ahí se va», aunque ese sea uno de los caminos que le mostré para huir del apremiante conflicto que me expuso.

—¿Y si el señor de Valenzuela llegara á cumplirme su palabra?—me atreví á apuntar.

—¡Inocente de Dios!—exclamó Matica mirándome con lástima.—¡Todavía tiene usted esperanzas!... Pero, aunque éstas se realizaran, ¿de qué le serviría á usted?... ¿Usted no sabe que los días de Valenzuela están contados, porque los gobernantes, á cuyo amparo vive y medra, se tambalean ya? ¿No tiene usted ojos ni oídos? ¿No lee usted periódicos? ¿No oye á las gentes? ¿No siente usted, por donde quiera que va, un rumor extraño y persistente, y no sabe que eso es el estertor de los gobiernos impopulares y aborrecidos? Y cuando Valenzuela caiga, ¿de qué le serviría á usted la credencial que deba á su munificencia, si caerá usted al mismo tiempo que él, como una de sus hechuras?