—Pues no hablemos más del asunto,—dije viéndome sin salida entre aquellas reflexiones, cuya fuerza consistía, precisamente, en ser idénticas á las que yo me había hecho más de una vez, por lo mismo que no era tan sordo ni tan ciego como Matica me juzgaba.

Y no se habló más.

XIX

Pero el malhadado pleito no se apartaba un punto de mi imaginación; y en ella se multiplicaban con asombrosa fecundidad, como toda mala semilla, y crecían y se esponjaban, los sombríos pensamientos sin hora de verdadero reposo para mí.

Pasé de este modo una semana bien cumplida; y cuando ya comenzaba á acostumbrarme á la carga, y aun intentaba aligerarla un poco con el recurso de ciertas esperanzas que la triste necesidad me fingía en lo más obscuro de la mente, entró muy de mañana en mi cuarto el ínclito don Serafín Balduque, con el sombrero en la mano, chispeantes los ojuelos, torcido el corbatín, desabrochado medio chaleco y la capa arrastrando.

—¡Mueran los pillos!—gritó por todo saludo, mientras me tendía la mano.

Creí que se había vuelto loco, y le miré con asombro, sin decir una palabra.

—¡Choque usted, señor don Pedro!—continuó, oprimiendo mi diestra con la suya trémula y ardorosa:—¡la patria está de enhorabuena, y usted y yo también, y todos los españoles honrados!