—Pero ¿por qué, hombre de Dios?—le pregunté, lleno de curiosidad.
—Pues ¿por qué ha de ser sino porque cayeron los viles, los tiranos, los ladrones, los?...
—¿Quiénes son esos tiranos y esos?...
—¡El Gobierno, calabaza!
¡Yo sí que caí entonces despeñado en el más triste de los desalientos!
—Y no dirá usted—continuó el hombrecillo,—que el egoísmo enciende mi entusiasmo, pues allá se van en ideas los nuevos con los caídos, y nada espero de ellos; pero, al cabo, son otros hombres; no los infames que me quitaron á mí el pan y trataban de dar un puntapié á la Constitución... Porque ya sabrá usted que intentaba un golpe de Estado el Ministerio de las economías... Aquí está, calentito, El Clarín de la Patria, que lo reza punto por punto, con la lista de los nuevos ministros. Todos me parecen peores, y de ninguno de ellos espero cosa mayor; pero no importa: ya he dicho que no son los otros; los que me dejaron cesante y no han querido reponerme, ¡repillos!... ¡Y que esos hombres caigan en blando como las gentes honradas!... ¡Mueran los ladrones!... Pero, hombre, ¡qué cosas dice El Clarín al dar cuenta del suceso! No sé cómo se lo consienten, porque, al fin y al cabo, todos son lobos de una misma camada... Verdad que lo dice á medias palabras y entre renglones. ¡Cuidado si es caliente de boca el tal periódico!... También trae la lista de los altos funcionarios que han presentado sus dimisiones al caer el ministerio. Excuso decir que el primerito está su amigote Valenzuela... Supongo que le tendrá á usted sin cuidado, ¿no es verdad? ¡Para el caso que le ha hecho á usted cuando me ha recomendado á él!... Por cierto que si no fueran ustedes tan íntimos, quizá me atreviera...
—¿Á decir algo malo de él?—pregunté al cesante interrumpiéndole nervioso.—Pues si es eso, diga cuanto guste, que más merece la muy serrana partida que me ha jugado.
—¿También á usted!... ¡Ah, tunante manchego!... Pues digo de él que es el capitán de la cuadrilla; y que me asombra que haya tardado usted tanto en oirlo y en conocerlo. Muchas y muy gordas ha hecho; mucho ha podido, y quizás pueda mañana más que ayer, porque en España somos así... pero, por de pronto, está boca abajo, nada le debo, y ¡mal rayo le parta!
Lo que don Serafín despotricó con este motivo, no cabe en papeles. Por conclusión me dijo:
—¿Usted no será hombre de echarse á la calle en seguida?