Excuséme con ocupaciones perentorias y con las poquísimas ganas que tenía de moverme de casa, en nada de lo cual mentía; y díjome Balduque calándose el sombrero:

—Pues yo, señor don Pedro, la corro hoy, aunque me cueste otra cesantía; necesito aire y movimiento, mucha noticia y mucho comentario; ¡sobre todo, los comentarios! ¡parece que me nutren y me regeneran! De paso, se informa uno; se inquiere, se indaga; y como por lo más obscuro amanece... Ya procuraré verle á usted para comunicarle las impresiones recibidas... Conque repito la enhorabuena, y... ¡hasta siempre, amigo mío!

Tendióme la mano, y salió de mi casa tan nervioso y desconcertado como había entrado en ella.

Entre tanto, desvanecidas del todo mis débiles esperanzas con la noticia que me trajo don Serafín, había formado yo una resolución irrevocable. Escribiría á mi padre sin pérdida de tiempo dándole cuenta del fracaso de nuestros proyectos, no por culpa de Valenzuela, pues esto equivaldría á una puñalada en el honrado corazón del pobre hombre, tan pagado de las hidalguías y larguezas del personaje, sino por razón del reciente cambio político que, por entonces, hacía inútiles los buenos deseos de mi generoso protector, y le anunciaría mi próxima vuelta á la Montaña á esperar tiempos mejores. Con el poco dinero que me quedara después de liquidar mis cuentas con la posadera, tomaría el rincón más barato de la diligencia; y si ni para esto me alcanzaban los sobrantes, haría el viaje en galera acelerada, ó séase carromato de cuatro ruedas, que tardaba diez ó doce días de Madrid á Santander. Una vez en mi casa, ya hallaría yo modo de ir informando á mi padre poco á poco de la verdad, y de explicarle, sin que le doliera mucho, la inversión de mis reservas á tanta costa adquiridas; armaríame de valor para sufrir la rechifla que me esperaba de los Garcías y de otros que no eran Garcías, al verme tornar con el moco lacio, pobre y desvalido, al mísero hogar del cual me vieron salir tres meses antes entre los resplandores de los prestados rayos del manchego sol que había deslumbrado á todo el pueblo; establecido ya en él, iría borrando de la memoria, con la fuerza de la necesidad, las golosinas del mundo que había catado, y tornaría á pretender la secretaría del ayuntamiento, y hasta sería capaz, si no me la daban, de labrar la tierra con mis propias manos, con tal que así lograra satisfacer las primeras necesidades de la vida y servir de amparo y de consuelo á la honrada vejez de mi padre.

Bajo estas impresiones me puse á escribirle; y escribiendo estaba todavía, cuando se me presentó delante Matica.

—¿Qué se hace?—me preguntó sin saludarme.

—Ya usted lo ve,—respondíle señalando á la carta.

—¿Para quién es?... y usted dispense la franqueza.

—Para mi padre.

—Lo suponía. Le dará usted cuenta de la caída del ministerio.